pequea

¿Sabes por qué discutes y no puedes callarte una y te pones muy seria y con mucho carácter y luego te sientes culpable? Porque eres muy pequeña. Y tengo que cuidarte; tengo que llamarte para cambiar tu tono de voz de apagado a otra vez espléndido y alegre. Eres muy pequeña. Tengo que cuidar de ti.

Pequeña, no te hagas la dura conmigo. Flor de pitiminí, flanecito, necesitas un hombre hecho y derecho como yo para sujetarte y que no te desparrames. Necesitas estos duros músculos, este esqueleto de acero mío para que no te descuajeringues como un castillo de naipes. Pequeña mariposa blandengue, el mundo es hostil y te empeñas en alzar la voz, protestar e ir contracorriente. Luego tengo que ir a salvarte y también tengo que ir a cambiarte la rueda del coche cuando pinchas y te quedas tirada. Pequeña, voy a tener que zarandearte hasta que recobres la cordura y la calma. Pequeña, si sacas todo tu mal genio a relucir, te traquetearé con violencia hasta que sonrías y te pongas dulce. Pequeña, tienes mucho temperamento y dejas caer sentencias como losas de hormigón pero luego tengo que ir corriendo a tu casa a las 4 de la madrugada porque crees haber oído a Drácula entrar en tu habitación y te tengo que contar un cuento hasta que te duermas. ¿Por qué no le cantas las cuarenta a Drácula para que se vaya? Léele la cartilla a Drácula. "A ver, de la frase: Drácula, déjame dormir, ¿qué palabra no entiendes?" Pequeña, me echas un sermón espeluznante y apocalíptico y media hora antes he tenido que sacarte del garaje porque te habías perdido, no encontrabas la salida e ibas a llamar a los bomberos. Cuando llegué estabas sentada leyendo un libro porque te habías cansado de dar vueltas en busca de la puerta y cuando te digo que nos vamos tengo que esperarme a que acabes el capítulo. Pequeña, te enfadaste porque como regalo de cumpleaños te pinté en el suelo del garaje la ruta de salida hacia la puerta en amarillo fosforescente. Pequeña, me intentas dar miedo con tu tono grave de psicópata de pelis de miedo mientras miro a Mafalda dibujada en tus bragas o la letra de la canción "El barquito chiquitito" en tu camiseta de tirantes. Pequeña, me pones de vuelta y media con frases tan afiladas y frías como cuchillas pero mientras juegas con una piruleta en la boca. Me abroncas con tono aterrador por haber salpicado la tapa del váter y miro tus chapas de Epi y Blas y la rana Gustavo en tu jersey de colorines y entonces me entra el pánico por si me entra la risa y te enfadas más todavía. Pequeña, me echas de casa con todos los bártulos a cuestas a las 12 de la noche, después de 2 años de convivencia, y cuando salgo por la puerta del edificio me dices por el telefonillo si puedo subir porque has visto una araña y te da miedo. Pequeña, subo a tu casa y cuando te soluciono el problema casi me matas preguntándome qué hecho con la araña y tengo que recogerla del cubo de basura e intentar rehabilitarla practicando diversos ejercicios fisioterapéuticos con sus patas. Una vez que la araña se mueve, la cambio de ubicación siguiendo tus órdenes estrictas, la poso en una maceta de la terraza y me vuelves a echar diciendo que no hago nada a derechas y que me he pasado los dos años sin dar golpe y me das un portazo. Entonces me enciendo un cigarro en el rellano haciéndome el duro y me atraganto con el humo y llamo a tu casa con manotazos desesperados por la asfixia y me abres y me tienes que dar un vaso de agua. Cuando recobro el aliento me preguntas si me puedo quedar a dormir la última noche y la última noche se convierten en 5 años y lo que queda.

 

(Texto incluido en el libro 'Me arrepiento del mañana',de venta en la web)