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Estaba sentado en un banco de una plaza tranquilamente. Una chica neohippie montada en bicicleta se acercaba a lo lejos por un lado. Tenía las piernas perfectas, la piel tersa, la cintura de avispa y unos pies preciosos con las uñas pintadas de rojo.

Vestía una camiseta de tirantes con mucho espacio por los laterales, por donde se podían ver perfectamente gran parte de sus pechos firmes pero bamboleantes, totalmente libres, sin sujetador que los domesticara. Sus pezones se clavaban en la tela como dos cuchillos. Sus labios eran carnosos y jugosos, sus ojos y sus pestañas grandes. Tenía un bindi hindú en el entrecejo y un piercing en una nariz chata y su pelo era tan corto como el de un niño, castaño y alborotado. El gesto de su cara, sin embargo, era el de toda neohippie: cara de oler huevos podridos en plan pasarela de moda. Pasó por delante de mí. Seguí su recorrido con atención hasta que se estrelló contra el suelo. El impacto fue de lleno, sin dudas, sin reticencias. La bicicleta se rompió por varios sitios, el manillar se dobló por lo menos noventa grados y la rueda de delante quedó dando vueltas en el aire. Miré al cielo. "Gracias, señor". Jamás me alegré tanto de una desgracia ajena. Jamás me enterneció tanto un accidente tan aparatoso. Me levanté y corrí hacia ella para socorrerla urgentemente. Yacía en el suelo espatarrada sin ninguna dignidad pero con toda su belleza a cuestas. Le toqué un hombro:

–Perdona, ¿estás bien?

Le di la vuelta poco a poco. Sus pechos se movían como dos flanes en un terremoto. Tenía los brazos y las piernas desolladas y sangrando. Ella parecía estar inconsciente, pues el gesto de prepotencia femme fatale de oler azufre se había esfumado. Ahora me parecía un ser humano.

–Voy a llamar a una ambulancia. No te preocupes.

Entre dientes, como recién despertada, me dijo:

–No, estoy bien.

–Pero estás sangrando.

–Solo son unos rasguños. ¿Vives por aquí? Llévame a tu casa. Me lavaré las heridas.

–¿Estás segura? ¿No te has roto nada?

–No, tranquilo.

–Pero tienes un chichón en la frente. Te has golpeado la cabeza.

–No es nada.

Conseguí que se incorporara y se sentara en el suelo. Le podía ver totalmente las tetas desde mi posición; unas tetas magníficas, imponentes, insolentes, insultantes. Sus pezones y sus aureolas eran muy gruesos. Me coloqué detrás de ella y pasé mis brazos por debajo de sus axilas, con cuidado de no tocarle los pechos por error. Conseguí ponerla de pie pero se tambaleaba peligrosamente. La chica se caía y se dejó caer sobre mí. La abracé y puede oler toda su fragancia salvaje. Sus pitones se me clavaban en el pecho y en el alma. Pasé un brazo por su cintura y ella pasó su brazo por mi nuca. Nos dirigimos lentamente a mi casa. Hacía ya un tiempo que la polla no me cabía en el pantalón y la cremallera crujía y amenazaba con reventar.

La chica apoyó su cabeza contra mi cuello y yo aspiré el aroma de su pelo limpio y natural. Parecíamos dos enamorados. Llegamos a mi piso y la acompañé al sofá del salón.

–No, llévame mejor a una cama.

La dirigí a mi cama, la senté y la recosté con cuidado. La cubierta se manchó de sangre enseguida.

–¿Puedes quitarme las sandalias?

Le quité las sandalias cuidadosamente y me quedé con un pie entre mis manos, admirándolo, sintiendo su perfección sexual. Su tobillo izquierdo lucía una pulsera muy erótica. El dedo corazón de su pie derecho llevaba un anillo y junto con sus bonitas uñas rojas, producían en mi interior una riada de espeso esperma que llenaba peligrosamente una presa con capacidad limitada.

Nada más dejar su pie en la cama, mi gato Kowski se subió a la cama, se subió encima de ella y se acostó sobre su vientre. Ya era como de la familia. Fui hacia el baño, cogí una toalla limpia y mojé una esquina con agua. Regresé a la habitación, me senté a su lado y comencé a limpiarle las heridas. Ella acariciaba a Kowski con demasiada pasión, recreándose en producirle un intenso placer.

–No es necesario. Sólo son rasguños.

Pensé que quizá sentía pudor de que un extraño le estuviera tocando por todo el cuerpo. Me sentí cohibido de repente. Pero entonces la chica se quitó la camiseta y sus grandes y turgentes pechos con pezones prominentes se bambolearon de tal forma que el cerebro se me quedó sin sangre y casi caigo en redondo por culpa de una isquemia.

–Quiero que me folles. La vida es tan frágil... Quiero que me folles ahora mismo, te lo suplico. Quién sabe si mañana estaremos muertos, si al salir a la calle nos atropellará un coche o se nos caerá encima una grúa.

–Creo que el golpe en la cabeza es más grave de lo que parece. Voy a llamar a una ambulancia.

–No, quiero que me folles con toda tu alma. Ya nunca más seré una feminista neohippie arisca y amargada, esquiva y soberbia.

–Espera, voy a coger una grabadora y repites lo que me estás diciendo, de cara a una posible denuncia cuando recuperes la cordura.

–Quiero que me folles durante horas – dice apretándose un pecho y acariciándose un pezón-. Quiero que me lamas todas las heridas con tu lengua, que degustes mi sangre y cualquier otra humedad. Quiero que me mojes y me ensucies y me embistas con violencia.

–Mmm, dicen que hay que dejar a las víctimas de accidentes inmovilizadas. No es bueno traquetearlos, ¿y si empeoras alguna de sus lesiones de forma irreversible?

La chica, con gran dificultad por culpa del dolor y las lesiones, se sube la falda y se quita las bragas lentamente: unas bragas blancas de encaje con la parte posterior muy estrecha, casi como un tanga.

–En contraste al dolor que siento por todo el cuerpo, el orgasmo que sentiré será infinitamente más violento e intenso. Si he de morir hoy, que los últimos latidos de este cuerpo frondoso y sensual te hagan levitar de placer hasta que desfallezcas – dice abriéndose ligeramente de piernas. Su musgo negruzco con brillos de humedad en su roto carnoso y rosado tira de mis ojos como si les hubiera clavado dos anzuelos. Tiene el coño más precioso y salvaje que he visto nunca.

–¿No quieres que hablemos un rato? ¿No quieres algo de beber?

–¿Eres gay? ¿No te gusta mi cuerpo?

–¡La bicicleta! ¡Hemos dejado abajo la bicicleta! ¡Te la van a robar!

–¡Que le den por culo a la bicicleta! – dice incorporándose a trompicones y desabrochando mi correa, el botón de mi pantalón y quitándome la camiseta.

Estuvimos follando durante horas. Hicimos todo lo que dos heterosexuales pueden hacer sobre una cama, sin ningún pudor. Mezcla de sudores, respiraciones entrecortadas, líquidos calientes, alientos encontrados, dientes chocando, cuerpos ensalivados, susurros, miradas cálidas y cercanas, retorcimientos mimosos, uñas clavándose, piernas rodeando caderas, estremecimientos descontrolados y gritos...

Si hubiera sabido que un accidente iba a transformar a aquella neohippie con armadura de acero en un ser humano tan espontáneo, afable y abierto, yo mismo la hubiera tirado de aquella bicicleta aunque hubiera sido de una pedrada