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Siempre que me hago un café o un té le echo una cucharadita de azúcar y una dosis de edulcorante artificial. Así no me pongo tan gordo y tengo un 50 % menos de probabilidad de sufrir un cáncer. O tal vez tenga cáncer, pero sólo un poquito.

Con la coca-cola hago algo parecido: vierto en el vaso mitad de zero totalmente light pero más cancerígena que el propio cáncer y mitad de coca-cola normal con azúcar pero con menos cáncer (la mitad exacta de cáncer que la zero). Pero como la coca-cola en sí misma no es buena para la salud, siempre que la tomo es con una buena ensalada de alcachofa cruda con alpiste para pájaros.

Con el móvil y el riesgo de cáncer, idem. Sólo contesto a la mitad de las llamadas.

Un día cualquiera desayuno churros con chocolate y huevos fritos con bacon, después me como dos whopper a las 3, meriendo croissants rellenos de crema pastelera y galletas con Nocilla y ceno un par de kebab. Al día siguiente no como nada y me bebo un par de litros de Danacol y cuatro litros de caldo de un hervido de alfalfa para reducir el colesterol y los triglicéridos.

Estoy dos semanas sin moverme y después durante dos semanas corro dos horas todos los días, voy al gimnasio, monto en bicicleta y juego al baloncesto con unos colegas hasta que no me queda resuello.

Como vivo en un octavo, subo cuatro pisos andando y otros cuatro en ascensor.

Compagino la cocaína, el LSD y el speed con la práctica de taichí, pilates y meditación zen. No pocas veces he hecho yoga mientras me fumaba un cigarro de crack y me tomaba un vodka con naranja. En un par de ocasiones también me he fumado un buen petardo de costo y briznas de puro de tabaco negro mientras daba un paseo por un valle frondoso en una cordillera virgen.

El speedball es mi droga favorita, pues es una mezcla de cocaína y heroína, te deja en el punto medio, levitando (pero cerca del suelo), sin bajones abruptos y sin subidones. Una calma hiper lúcida, un frenesí sosegado.

Fumo bastante pero doy siempre caladas fuertes y profundas para ensanchar los pulmones y aumentar mi capacidad respiratoria. También fumo cuando me monto en la bicicleta estática, dando una calada cada veinte pedaladas. Cuando voy en moto entonces no fumo porque me parece demasiada contaminación para el planeta.

Cuando tengo motivos de sobra para enfadarme con alguien, me enfado y le abronco sólo en una de cada dos veces. Eso sí, cuando le leo la cartilla, el individuo de enfrente tiembla y se orina encima por el miedo. Cuando toca no enfurruñarse tras una puñalada trapera, le muestro una sonrisa perenne al individuo e intento agradarle en todo lo que pueda, abrazándole cada dos por tres.

Un fin de semana me pongo a jugar a la consola durante 30 horas (repartidas equilibradamente en dos periodos de 15 horas). Al fin de semana siguiente leo un libro tras otro en dos periodos de igual duración y al tercer fin de semana salgo de discotecas y bares durante el mismo tiempo, bebo toda clase de alcohol, tomo pastis sin parar, interactúo con todo el mundo, flirteo y bailo frenéticamente hasta que desfallezco y caigo al suelo. Al cuarto fin de semana cojo el coche y salgo de la ciudad a 150 km/h sin mirar atrás, con la tienda de campaña y el saco de dormir en el maletero pero sin ropa para cambiarme, sin linterna y sin cantimplora. Cuando no se ve ni una sola casa en varios kilómetros y no hay ni rastro de civilización, abandono el coche y corro por los montes hasta encontrar el sitio más escarpado, inaccesible e inhóspito. El borde de un acantilado donde se oigan sonidos de los animales más peligrosos y salvajes puede servir. Como sólo hierbajos, raíces, insectos y cualquier otra cosa que me brinde la naturaleza. Me baño en el río medio congelado y meto la cabeza entera para beber agua, me froto con una piedra para lavarme y cuando salgo me seco restregando mi cuerpo por los troncos y los matorrales. Me adentro en cuevas chillando y dando golpes por doquier con un palo, me subo por los árboles, doy saltos para hacer sonar todas las hojas, me columpio agarrado a un madero a cuatro metros de altura y una de las dos noches la duermo cabeza abajo con mis corvas en una rama como un murciélago y la otra noche me acuesto en el suelo mirando las estrellas y la luna pero con los auriculares puestos y escuchando en mi mp3 el disco más violento de Napalm Death.

Hay quienes me dicen que todo eso no tiene nada que ver con el equilibrio. ¡¿Qué no?! ¡Haced la media!