room  8

Me he despertado y he retirado el edredón. Ahí están, encajados con mi cuerpo como un puzzle perfecto. En invierno dormimos los tres en la misma cama. Me he levantado y han saltado del colchón al suelo. Los tres bostezamos y estiramos todas nuestras extremidades. Me visto y ellos afilan sus garras en el arañador.

Entonces los llevo al baño, y después de lavarme la cara y peinarme, los cepillo con fuerza con su cepillo especial y consigo sacar de ellos dos ovillos de pelo de tamaño considerable. Cuando voy a intentar lavarles un poco la cara con agua, salen disparados hacia la cocina. Les pongo un poco de leche en sus cuencos y los pongo en la mesa, junto con mi zumo de naranja con cereales y mi té. Se suben a sus taburetes y, apoyando las patas delanteras sobre la mesa, se beben la leche a lengüetazo limpio. Acabamos y los tres nos limpiamos la boca, las comisuras y la cara, ellos frotando con sus patas y yo con una servilleta. Me levanto y se tiran al suelo de un salto emitiendo un maullido seco cuando impactan contra el suelo. Les acaricio los pescuezos y la cara y les pongo sus mochilas perfectamente acopladas en sus lomos mediante varios arneses. Para el recreo, les he metido varios puñados de pienso envueltos en papel de aluminio y unos bocaditos rellenos de pollo y malta para el control de las bolas de pelo en el estómago. También meto un minitetrabrick de leche para los dos.

Llegamos al colegio, entramos al patio, los cojo en peso, les doy un beso y los dejo en la fila de su clase, 2º C de Primaria, escrito bien grande en las baldosas del suelo. Salgo del colegio, me acerco a la valla y me despido de ellos moviendo la mano y gritándoles:

–¡Miau miau! ¡Ñuñusa Asusa! ¡Kuskusu Kuskurucho! ¡Que aprendáis mucho! –

Pero no me hacen ni caso. Ni siquiera se giran para mirarme. Es que son ya muy mayores y les da vergüenza que los otros niños vean cómo su padre los trata como a bebés.

No me preocupa el bullying. Les he dicho a los dos bien claro que si algún niño les pega o les hace algo desagradable, que tienen mi permiso para sacarles los ojos a arañazos o hincarles los colmillos en la yugular. Incluso si alguien les dice 'miau miau' en tono jocoso para reírse de su condición, pueden clavarles sus garras bien profundo en sus tiernos bracitos y abrírselos de arriba abajo como si tuvieran bisturís en las patas.

Después, a las tres, voy a recogerlos. Soy muy puntual, como todo buen padre.

Salen del edificio junto a la profesora. Van con sus pequeñas mochilas en sus lomos deslizándose con suma elegancia. Cuando me ven salen corriendo hacia mí, Nana se abraza a mi pierna hincándome las garras en los vaqueros y Kowski me hace la croqueta en el suelo para que le acaricie la barriga. La profesora me entrega unos dibujos que han hecho para el día del Padre que casualmente es hoy. Lo había olvidado. Oyoyoyoy, digo derritiéndome mientras veo sus dibujos, que consisten en huellas de sus patas hechas con pintura y la dedicatoria Miaumiau miaumiaumiau miau, que significa 'Para el mejor papi del mundo'. La profesora ha escrito sus nombres en cada dibujo: en la hoja de pintura rosa Nana Rubio y en la azul marino Kowski Rubio.

– Tiene usted unos hijos muy buenos – dice la profesora –; educados, silenciosos, tranquilos... Casi ni te das cuenta de que están. No enredan, no gritan, no se levantan cada dos por tres. Y cuando trabajamos sobre las tabletas digitales, se lo pasan bomba jugando al videojuego de matar bichos con la pata sobre la pantalla táctil. Nana tiene el récord de toda la clase, pues a veces también dejo jugar a los niños, con 12.350 puntos en el nivel 9, seguido de Kowski con 10.275 puntos en el nivel 8. Cuando Nana llega al nivel 9 mueve tan rápido las patas que casi no se ven y los sonidos de matar bichos se suceden tan deprisa que parece una ametralladora. El único problema este trimestre ha sido el corcho blanco, que lo pusimos en enero por primera vez en la clase. Kowski se puso de pie en su pupitre, que está pegado a la pared, y se puso a arañarlo y se volvió tan loco con las bolitas blancas que se desprendían como nieve, que ya ni siquiera quería jugar al matabichos de la tablet. Al final lo tuve que quitar. Bueno, tampoco es indispensable, ya lo colocaremos a mayor altura en algún momento. Y esta semana también hemos tenido algún problemilla con su hija Nana para hacer el dibujo del Día del Padre. Cuando le cogí la pata derecha para mojarla en pintura rosa empezó a bufar como un demonio y tuve que llamar al conserje, a la maestra de al lado y al jefe de estudios para que me ayudaran a sujetarla. Cuando el conserje, que sabe mucho más de gatos que yo, la agarró de la piel del pescuezo fue como si le diéramos a un botón y se convirtiera en una marioneta. Pero no se preocupe, sabe qué le digo, que mucho peor son las rabietas de los niños problemáticos que he tenido que sufrir a lo largo de mis años de maestra infantil, ¡mucho peores! Ay, si yo le contara... y además los humanos no tienen ese 'botón' mágico en la nuca. Una vez me tuvieron que poner siete puntos en el brazo por el mordisco de un alumno homo sapiens sapiens. Pero lo que yo más valoro es el silencio y la tranquilidad en clase, y sus hijos son tan prudentes y calmados que hasta les dejo ir al arenero sin que tengan que levantar la pata derecha primero para pedir permiso. ¡Y qué limpios son, oiga! Todos los demás van hechos un cristo, con mocos por todas partes, manchas y más manchas, las manos llenas de roña, la ropa sucia, incluso algunos no huelen a colonia precisamente, pero los suyos... los suyos van siempre impecables y además están siempre lavándose y siempre echan buen olor. Seguro que al final de curso sacarán un sobresaliente en el apartado de 'Higiene personal'. Por cierto, tengo que advertirle de que están apareciendo casos de piojos en el centro, aunque sus hijos no corren ningún riesgo, supongo que se los comerán cuando se laven con la lengua a sí mismos o el uno al otro en aquellas zonas inaccesibles. Ya que hablamos de la relación entre ellos, qué bien se llevan sus hijos, con lo mal que se tratan los hermanos en general... Siempre están lavándose, o dándose besos, o haciéndose masajes con las patas. Sólo recuerdo una pelea entre ellos en todo el curso, hace ya unos meses. Eso sí, la recuerdo perfectamente, porque empezaron a perseguirse por toda la clase como dos balas supersónicas; bufaban y gruñían como dos criaturas del Averno y se revolcaban por el suelo mordiéndose y dándose patazos por todas partes. Algunos niños se reían, los menos, pero otros lloraban de auténtico pánico. Conseguí separarlos, los metí a cada uno en su trasportín 'de pensar' para que meditaran lo que habían hecho sin ningún estímulo ni refuerzo positivo. En psicología lo llamamos 'tiempo fuera'. Pero cuando los iba a sacar estaban los dos durmiendo como dos benditos y no parece que hubieran pensado mucho en lo que había sucedido. Eso sí, en cuento salieron ya estaban otra vez dándose besos, lamiéndose y frotándose el uno contra el otro. Ni siquiera tuve que decirles que se dieran la mano y que se pedieran perdón.

Me despido de la maestra y nos vamos a casa. De vez en cuando se entretienen olisqueando algo o persiguiendo algún bicho interesante.

En el recreo del colegio se lo pasan pipa. Lo sé porque un día me acerqué al centro en la hora del descanso y me quedé pegado a la verja para observarlos, por el bien de su integración. Nana es menos sociable y se acostó debajo de un banco y observada todo lo que ocurría a su alrededor con interés. Solo salía de su autismo social cuando algún niño le ofrecía una cordonera para que la persiguiera o cuando alguien tiraba al suelo una bola de papel de aluminio. Las niñas intentaban que jugara a la comba con ellas pero cuando le tocaba saltar se quedaba mirando fijamente el movimiento circular de la cuerda, con su cabeza describiendo círculos frenéticamente y hasta que la cuerda no chocaba con sus patas, ella no saltaba, ahora, eso sí, cuando saltaba pegaba unos brincos estratosféricos. Kowski, sin embargo, es mucho más sociable y jugaba con los otros niños sin parar. Cuando un niño tiraba su peonza y ésta comenzaba a dar vueltas a gran velocidad, Kowski se acercaba y empezaba a darle con la pata violentamente y la tiraba antes de que ésta dejara de moverse por sí misma. Pero esto a los niños no le molestaba. Es más, se inventaron un nuevo juego que consistía en que uno tiraba la peonza y otros niños en círculo intentaban evitar que Kowski se acercara a ella y la tirara. Si la peonza se paraba sola antes de que Kowski la tirara, entonces ellos ganaban. También se puso a jugar con otros niños a las chapas en los bordillos. Uno de ellos le prestó una chapa y se la colocó en la línea de salida y le dijo señalando con el dedo: "Mira, esta es tu chapa", aunque Kowski no respetaba las chapas de los demás y tampoco el recorrido rectilíneo de la carrera, pues incluso antes de que empezara la competición y llegara su turno, comenzó a empujar una chapa con sus dos patas como si fueran un pinball, se cayó la chapa al suelo de tierra y gravilla y siguió empujándola cada vez más rápido hasta que se perdió a lo lejos y se vio como sólo se paró en seco antes de estrellarse contra el muro de la verja fronteriza. Tiró la chapa hacia arriba y la sostuvo en el aire golpeándola con ambas patas cual malabarista, dio un pequeño salto, se dio la vuelta y empezó a correr empujando la chapa en sentido contrario creando una gran polvareda en el recinto. Para jugar con las canicas todos querían contar con su presencia porque era el que mejor hace los hoyos en el suelo para jugar al gua, aunque no pocas veces dejaba caer algo que no eran bolas de cristal. También es el mejor para jugar al pillao y al escondite. Una vez se escondió tan bien que nadie supo dónde se había metido: ni los niños que jugaban al escondite con él, ni la profesora, ni el conserje, ni el jefe de estudios ni el director. Cuando llegué para recogerlos hice el sonido que hago cuando les voy a dar comida y entonces salió de su escondrijo secreto. Pero si hay un juego en el que destaca sobre los demás niños ése es 'Un, dos, tres, palito inglés'. Jamás nadie lo ha visto moverse ni un milímetro cuando, el que está de cara a la pared con los ojos tapados, se vuelve para ver algún movimiento, aunque Kowski siempre llega a la pared el primero. También le gusta mucho el fútbol (o la pelota, mejor dicho). Le gusta acercarse a la pista de futbito y meterse en el partido y perseguir el balón. Él sólo quiere morder la pelota y entonces los niños dejan de jugar el partido y los dos equipos se convierten en uno solo contra Kowski. Lo regatean, se pasan el balón unos a otros con el pie para que no la coja. Podría considerase bullying, pero a Kowski no sólo no le importa que no le incluyan en ninguna de las dos alineaciones sino que le parece el deporte más divertido del mundo, mucho más que el fútbol y además se siente especial, porque él solo se basta para formar un equipo.