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Voy andando por una transitada avenida peatonal y, a lo lejos, entre la riada incolora de personas, diviso a una chica muy blanca, de pelo corto, andrógina, que se ha detenido y me mira fijamente, con un gesto de absoluta serenidad y decisión. Contrasta con su pálido resplandor, un gran lunar negro en uno de sus pómulos. Está justo en mi camino; nos une una línea recta que es imposible esquivar. Si ladeo unos grados mi rumbo, ella corrige la desviación, sin moverse aparentemente.

Cuando estamos más cerca, comienza a andar suave y pausadamente, mirándome a los ojos, con sus pupilas negras y brillantes. Me ha cogido de los antebrazos, para amortiguar el choque y, sin dejar de mirarme, como si estuviera viviendo en una realidad paralela a todos los demás transeúntes borrosos, ha empezado a abrazarme como nunca antes lo habían hecho, con sus brazos y sus labios. Así estamos eternamente, en medio de ninguna parte, con un remolino de seres difuminados circundantes a nuestro alrededor, indiferentes y ajenos a nuestro misterioso encuentro. Es un abrazo que abre de par en par los escondrijos más recónditos, que excita regiones cerebrales inexploradas, que apretuja las oquedades y recovecos para conformar un cuerpo sin fisuras, sin resquicios ni cavidades. Tengo la sensación de entrar en ella, o ella en mí, en una fusión en dónde no hubiera sabido decir con certeza quién de los dos era yo.

Desgastados los labios y succionado todo el aliento, cada uno sigue su camino, sin despedidas, sin palabras. Cuando me alejo, he girado en redondo para verla por última vez: me veo a mí mismo alejarme a lo lejos, y caigo en la cuenta, no sin cierto embeleso, que me he convertido en ella, con sus manos blancas y finas, sus pechos pequeños pero turgentes, y su cara nívea de niña con lunar negro. Nos hemos transferido hasta el más vergonzoso secreto, en código labial, y sobraba el limitado y restrictivo lenguaje. No importaba quiénes fuéramos