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La literatura de encargo, el trabajo de ghost writer, negro literario, escritor fantasma, prostitución literaria... o como queráis llamarlo, tiene muchas ventajas respecto a la literatura 'limpia' y convencional. Y pongo 'limpia' entre comillas porque en realidad es todo lo contrario. La profesión de escritor 'blanco' y 'limpio' es mucho más corrupta, sucia e ingrata que cualquier encargo literario del tipo que sea, aunque se tratara de la nueva novela del autor Rodrigo Rato, Juan José Millás o Rita Barberá.

El tráfico de influencias, el trapicheo, el oscurantismo, la falsedad, el fraude, la inmoralidad y la esclavitud que un blanco literario que escribe bajo su nombre tiene que soportar, si no quiere morirse de hambre (a menudo se muere de hambre igualmente), es mayor que diez gurtel por cuatro púnicas elevado a tres eres. La lista Falciani en literatura se corresponde con la lista de todos los escritores que ganaron algún premio literario organizado por una editorial, en la cual me incluyo.

Cuando alguien se dedica a la literatura de encargo cobra por su trabajo, no depende de ventas, publicidad, amiguismos, fraudes, engañifas, contactos, mamoneo con críticos prestigiosos y demás chupapollismo. Y tampoco depende del azar o de la veleta caprichosa del mercado. Cuando eres un negro, la editorial no te puede estafar mintiéndote sobre el número de ejemplares vendidos, cosa que hace en un 90% de las ocasiones. Tú sólo cobras por tu trabajo realizado, sin trampa ni cartón.

Otra ventaja destacable es que no te sientes presionado para escribir un libro de algún género concreto o sobre un tema de moda que quizá no te entusiasma para tener más posibilidades de publicar o para vender unos cuantos ejemplares más. Y tampoco tienes que poner tu nombre para que tus enemigos escritores sepan que lo has escrito tú y se ría en tu cara. 'Aquí tienes el encargo con pelos y señales, aquí está el tema, la sinopsis, el género, el estilo, las instrucciones a seguir y ésta es la cantidad que te voy a pagar por ello; o lo tomas o lo dejas', sin vuelta de hoja, sin letra pequeña y sin presiones. Si lo rechazas tienes una cola de encargos donde elegir algo que te agrade más o que te sea más rentable. Todo es tan claro y cristalino que no entiendo por qué se le llama negrura literaria.

Cuando tienes un encargo literario no tienes que hacer equilibrismos imposibles entre tu estilo, tus intereses como escritor y las demandas puntuales de la editorial que algún 'lince' de marketing ha elaborado en un informe, ni tienes que cargar con el condicionamiento clásico de dichos lumbreras que dice 'si un libro se parece a otro que ha sido best seller hace poco, será todo un éxito también', tan primitivo como inútil en el mundo de la empresa y el comercio. Es mucho más digno y saludable psicológicamente ser el negro de otro que negro de uno mismo. Es mucho mejor vender tu destreza por un buen precio que tu alma por cuatro perras. Porque no hay cosa peor que ser esclavo de ti mismo, de aceptar a regañadientes las 'sugerencias' de las editoriales que te apuntan con una pistola en la cabeza por un anticipo de cuatro duros miserables y encima tener que poner tu nombre y no poder usar a un testaferro para pasar desapercibido.

En el cine, por ejemplo, no existe la figura del negro cinematográfico o director anónimo que recibe un encargo para otro director, pues siempre aparece el nombre de la persona que haya hecho el trabajo. A menudo, directores con un talento desorbitado que hicieron una película magistral en el pasado pero que fracasaron en taquilla, pues quizá no contaron con el tráfico de influencias oportuno para criticas y premios, tienen que hacer de negros de sí mismos y se ven obligados a hacer telefilms, películas horrendas para garrulos o series de televisión nauseabundos para el populacho más mediocre usando la fórmula zombi. Ni siquiera pueden sustituir el primer apellido por el segundo o usar un seudónimo. Por tanto, una ventaja más de ser un negro literario es que no tenemos que dar la cara cuando hacemos una fritanga recalentada siguiendo la fórmula industrial y cuando la metemos en un tetrabrik bien plastificado, inodoro, aséptico y clasificado a la perfección en una celda cúbica formada por seis códigos de barras asfixiantes.

Los negros literarios tampoco sentimos incertidumbre de cara al futuro. La necesidad del ser humano de tener un libro escrito es tan implacable como el sexo, la respiración o la muerte, y el negocio que se nutre de la ilusión de querer ser escritor, de 'haber escrito un libro', jamás estará en crisis. La escritura de encargo es tan eterna como la prostitución o las drogas. Por tanto, un negro literario siempre tendrá una mayor seguridad, que se traducirá en una mejor salud psicológica que se traducirá en una mejor salud física.

Por otro lado, un negro literario puede escribir para él mismo, para su nombre, lo que le salga del forro, pues no son trabajos incompatibles. Y puede hacerlo sin medidas, sin contenciones, sin prisas y sin condicionantes como las posibles ventas, la publicación inminente por dinero...etc... Un negro literario, cuando escribe para sí mismo, se asegura de haber escrito lo que quería, lo que más le motivaba, apetecía, interesaba... y estará mucho más satisfecho tras el enorme disfrute de escribir sin ningún tipo de instrucción, orden o presión. Los lectores que tenga su obra pueden parecer pocos pero es muy posible que esas pocas personas no olvidarán su libro como lo hacen el medio millón de personas que compraron la novela de moda escrita por un ejército de negros, correcta, hiper edulcorada y complaciente. Más vale follarte bien a mil personas que meterle solo la puntita a medio millón.

Sin embargo, la mayor ventaja de todas para un fóbico social rematado es no tener que ir a entrevistas, actos de presentación y firmas de ejemplares cuando se publica el libro que has escrito. Lo hace el cliente, mi negro mediático, bajo su nombre y apellido y con su propia cara. Y no me cuesta dinero.