y

Los que sois humanólicos y tenéis hijos, sufrís la hambruna de seres similares cuando veis el telediario, pero como es por televisión, lo sentís como algo tan lejano como irreal, rayano con la ficción, y no termináis de asimilar que esos estertores agonizantes de esqueletos rodeados de moscas son exactamente iguales al pequeño homo sapiens que tenéis ahí delante jugando a la consola. Los gatólicos tenemos que sufrir la hambruna, enfermedad y mal trato de los gatos en vivo y en directo cuando salimos a darnos un mero paseo.

¿Os imagináis que esos pequeños esqueletos humanos quejumbrosos con pellejo, descalzos, harapientos y totalmente desamparados os los encontrarais en el parque de enfrente cuando sacáis a vuestros pequeños cachorros que tanto queréis? Pues eso me pasa a mí cada vez que salgo y veo un gato abandonado, herido, atropellado o enfermo. Un gato bosteza, estornuda, se despereza, se asea, siente hambre, dolor, caricias, juega, aprende... como tú y como yo. Un gato hace cálculos mentales muy sofisticados (hasta el punto de pensar que si salta y se queda enganchado a la manivela de una puerta, ésta se abrirá), nos gana en multitud de apartados sensoriomotrices, pero su gran diferencia es que se estresa mucho menos, disfruta de la quietud zen y es mucho más humano que las personas. Y aunque fuera el ser vivo más estúpido, desagradable y vulgar de la Tierra, seguiría desviviéndome por los gatos.

Por eso soy un gatólico extremista sumamente peligroso. Si alguna vez viera a alguien haciéndole daño a un gato, podría darle una paliza y dejarlo en una silla de ruedas comiendo con una sonda gástrica de por vida y hasta podría matarlo varias veces si me dejo llevar demasiado por el entusiasmo.

He pensado seriamente en dedicarme al terrorismo gatólico, yigadismo o  gatorrismo. Si poner una bomba en alguna parte va a hacer que los gatos sean mejor tratados, la pongo a la luz del día, sin titubeos, sin planes ocultos, anunciándolo antes a bombo y platillo. Y entonces pienso: si amenazo de muerte al alcalde, ¿formará por fin una brigada animalista o encargará a los serenos y policías que informen sobre la aparición de gatos abandonados por las calles para que una protectora pública los recoja, les pase una revisión veterinaria, lo esterilice y les busque un hogar? ¿Y si secuestro a los hijos del alcalde o del presidente del gobierno? Si va a servir de algo, secuestro y pongo un cuchillo en la garganta de quien haga falta. ¿Y si alquilo una furgoneta y pego fotos de gatos en ventanillas y carrocería y me meto en la avenida más concurrida y flanqueada por franquicias de moda y arrollo, atropello y aplasto viandantes? Ya, no es muy original y ni siquiera tengo el carné de conducir. Tendría que atropellar a la gente con mi bicicleta y no sé hasta dónde puede llegar la repercusión de semejante acto por muchas collejas que acierte a darles con la mano abierta.

En el barrio hay varios gatos callejeros, algunos se dejan tocar y son muy confiados, señal de que han vivido con personas y han sido abandonados. Solo yo y otro vecino que no conozco y que nunca he visto les ponemos agua y pienso debajo de un coche abandonado para que no corran riesgo de ser atropellados. El resto de vecinos son unos hijos de puta que merecen la peor de las torturas. Y los que abandonan a un gato o cualquier otro animal... me faltan palabras y me faltan letras para escribir lo que les haría.

Además, llevo medio año dándole pienso y agua a una gata que bauticé como Susia, porque cuando la vi la primera vez estaba muy ‘susia’, y así se lo dije, sobre todo por estar debajo de coches en contacto con el asfalto. Se me quedaban las manos negras cuando la acariciaba. Para que no estuviera en la carretera, empecé a ponerle pienso en una zona resguardada con arbustos de una calle peatonal, y desde entonces todos los días me espera en el mismo lugar más o menos a la misma hora. Ahora cuando la acaricio ya no se me ponen las manos negras, aunque se sigue llamando Susia.

En el Islam no se permite hacer sufrir a los animales de ninguna forma. No se les puede marcar con hierros, ni matarlos sin ninguna razón, por lo que la “cacería deportiva” está muy mal vista. Incluso al profeta Mahoma le disgustaba mucho que la gente encerrara a los pájaros en jaulas y que se golpeara a los animales. Dos grandes sabios: Muhammad ibn Ismail al Bujari (810-870) y Muslim ibn al Hayyay (m. 875) relatan que en cierta ocasión el Profeta se enteró de que una malvada mujer mantuvo a un gato encerrado hasta que el pobre animal pereció de hambre. El Mensajero de Aláh declaró que aquella mujer infame sería transportada al Yahanam (el infierno) y en el Qiyamah (Día del Juicio) se le diría: “Tú no alimentaste a aquel gato, ni le diste de beber, ni lo dejaste libre para que buscara su sustento entre los animalillos salvajes, por lo que tú lo has martirizado y le has provocado la enfermedad y la muerte. (Luis Fernando de Juan Guzmán, ‘El gato en el Islam’)

El Profeta tenía un animal preferido entre todos: el gato. Tuvo varios de ellos y los amaba entrañablemente, muy especialmente a su gata “Muezza”. En cierta ocasión la gatita se había quedado dormida sobre la manga de la túnica del Iluminado y como éste tenía que acudir a la oración, prefirió cortar sus vestiduras antes que perturbar el sueño de su favorita. Mahoma, el fundador del Islam, un bendecido por Dios mismo, el líder de los primeros musulmanes, no tuvo corazón para molestar a su mimada mascota y perturbar su plácido sueño. (Luis Fernando de Juan Guzmán, ‘El gato en el Islam’)

Mahoma era un gatólico fanático al igual que yo, como se puede ver, pero yo iré mucho más lejos que Mahoma. Mi revisión será super hardcore. Me proclamo a partir de hoy como el primer Agatollah radical y propongo a Cat Stevens (Yusuf Islam) como el profeta del nuevo gatolicismo ultra violento. De ahora en adelante su canción ‘Where do the children play?’ pasa a llamarse ‘Where  do the cats play?’ y su album ‘Teaser and the firecat’ se sigue llamando igualmente ‘Teaser and the firecat’.

El gato es el más grande.

As-Salâmiau Alaîkumiau.