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Me arrepiento del mañana

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Lo reconozco. Suelo ser un tanto precipitado cuando se trata de seducir a una chica. A veces me hago el encontradizo, cuando tengo un día calmado y me sobra la paciencia para meditar la actuación. Pero otras veces, si veo a una chica que me interesa por la calle, me coloco detrás, la sigo y le doy el susto padre:

–¡ELENA, CUÁNTO TIEMPO! – La chica da un respingo y se lleva la mano al pecho.

Precipitación.

Otras veces ni siquiera la conozco.

–Hola, chica. ¿Quién eres? ¿Sabes que eres súper interesante aunque no sepa ni cómo te llamas? Qué, ¿cuándo quedamos? Oye, si tienes novio, ¡no quiero agobiarte! Puedes seguir con él de momento. Ya vemos después dónde lo colocamos.

Precipitación.

A veces les escribo notas en el acto y se las doy. Una vez le escribí a una desconocida una poesía en un billete de 20 euros porque no tenía ningún papel a mano.

Precipitación.

Y entonces por obra y gracia del espíritu santo, quedamos. Cuando llego al punto de encuentro, en vez de los protocolarios besos en ambas mejillas rozando solo nuestras caras, le abro mis dos brazos como desplegando las alas de un jumbo Boeing 747 y le doy un abrazo de oso palpando y estrujando todas y cada una de sus costillas.

Al rato, en medio de una conversación repleta de formalidades y preguntas típicas:

–¡Es como si te conociera de toda la vida!- le suelto pellizcándole los dos mofletes.

Precipitación.

En algunas ocasiones, si me da su email, le escribo un doc de 15 páginas con todo lo que debería decirle a lo largo de varios meses, concentrado y resumido, y se lo envío a bocajarro y sin previo aviso. Si accede a venir a mi casa a tomar un algo, primero le enseño a mi perro para que vea cómo lo acaricio con ternura y sin ninguna violencia y cómo le dedico palabras cariñosas. Entonces lo cojo en brazos y se lo enseño más de cerca. Y mi perro sonríe enseñando todos los colmillos babeantes. La chica entonces recula.

–¡Tranquila, que no muerde! – Y le froto las orejas y dejo que me chupetea toda la cara. - ¿Te gustan más los gatos? – Y cojo a mis dos gatos a la vez y se los muestro. Si bufan o sacan las garras, la calmo –: ¡Que no arañan, mujer! ¡Puedes tocarlos con total TRANQUILIDAD!

 

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(Si quieres leer el texto completo, 'Me arrepiento del mañana', de venta en la web)

Por Enrique Rubio

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