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Me arrepiento del mañana

oposiciones ue

Nos educan para que no hagamos daño a nadie y al mismo tiempo nos piden que borremos del mapa a todo el que se nos cruce por delante. Nos dicen que todos merecemos las mismas oportunidades. Redactan la Declaración de los Derechos Humanos y la Constitución y nos dicen que todos tenemos derecho a un trabajo y a una vivienda digna. Y nos dicen que todos tenemos derecho a la vida según el artículo 15 del capítulo 2º del título 1.

Sin embargo, cuando una biblioteca se llena de individuos que sisean un temario de oposiciones, aunque no haya sangre, aunque reine el silencio, aunque ni siquiera se miren, se está lidiando una guerra despiadada y brutal por aplastar al vecino y preñar el óvulo de la plaza a costa de los demás aspirantes. Las oposiciones son injustas, violentas y nada éticas. Las oposiciones consisten en una guerra sin cuartel. No hay que hacerlo bien; hay que hacerlo mejor que el resto. No se trata de conseguir sino de aniquilar. La gente piensa "he estudiado 457 horas y merezco la plaza que me han dado" pero no piensa que "quizá los demás no han podido estudiar 457 horas por culpa de una enfermedad o debido a alguna desgracia personal o familiar. Quizá los demás se hayan esforzado en la misma medida pero no han tenido suerte o quizá hayan estudiado mucho más que yo pero no tienen la misma capacidad mental o memorística para el estudio debido a unos genes poco favorables". No piensa que "no basta con esforzarse sino que además hay que aniquilar a otros seres humanos inocentes".

Cuando publico un libro o gano un premio, estoy impidiendo que unas mil o dos mil personas publiquen un libro o ganen un premio. No se trata de ser bueno sino de ser mejor. No se trata de conseguir un objetivo con esfuerzo sino hacer una carnicería alrededor.

Cuando un padre se alegra de que hayan seleccionado a su hijo para jugar en un equipo de fútbol, al mismo tiempo, aunque inconscientemente, se está alegrando de que otros niños estén pensando en suicidarse porque no han sido elegidos. El niño elegido para jugar en el equipo gustará más a las chicas guapas y bien dotadas genéticamente y tendrá muchas más posibilidades de reproducir los genes paternos y combinarlos con otros femeninos de calidad.

Y cuando una estrella de cine o un deportista de elite manifiesta, tras ganar un premio o una competición, que se merecen el éxito por todo lo que se han sacrificado y todo lo que se han esforzado, siempre me pregunto si es que los demás aspirantes son unos gandules y no han trabajado igualmente y por ello no merecen ninguna recompensa. En la sociedad de la cultura del esfuerzo, está bien vista la frase y todos la aplauden sin cuestionarse absolutamente nada. Pero en realidad lo que diferencia al ganador del perdedor no es el esfuerzo, sino la genética y las condiciones ambientales que le hayan tocado vivir. Y las dos cosas escapan a nuestro control; son mero azar.

Todo en la vida es una guerra. Los amigos y las relaciones de pareja no son otra cosa que trincheras en donde surge la cooperación para consolarse, curar las heridas de la batalla y las puñaladas traperas por la espalda y derrotar a un enemigo compartido: el otro.

Somos supervivientes de una guerra genética sin concesiones. Todos hemos aplastado a seres inocentes. Todos hemos dejado víctimas atrás.

Por Enrique Rubio

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