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Me arrepiento del mañana

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Me ha llegado un encargo de un disléxico y me ha surgido el siguiente dilema. Imaginad que un síndrome de down o un retrasado mental profundo me solicita que le escriba esa novela de templarios que siempre ha querido escribir o ese libro de autoayuda en plan 'todo es posible', con prólogo de Pablo Pineda; ¿cómo escribo ese libro para que no cante demasiado?

¿Creéis que podría ganar el Premio Planeta un libro así? Mal ejemplo, claro que podría. ¿Tendría buenas reseñas? También, si la editorial paga los anuncios del medio en cuestión o si el crítico tiene buena relación con el editor y tiene su corazoncito con los pobres discapacitados. Pero me corroe la siguiente duda: ¿me tengo que meter en la mente de un retrasado que a la vez fuera un superdotado literario? ¿Cómo se hace eso? ¿Cómo se escribe un buen libro con retraso mental grave? ¿Tengo que añadir al final del proceso errores gramaticales y ortográficos o tiene que quedar impecable?

Puedo decir en este blog que mi cliente es disléxico porque dicha discapacidad es totalmente invisible (mientras no te pongas a leer en voz alta o a escribir delante de alguien) y la dislexia no sale en la biografía de nadie. Sería imposible pues que alguien desvelara quién es mi cliente. Sin embargo, cuando me llegue un encargo por parte de alguien con síndrome de down u otra discapacidad visible similar, no podré informaros. Aunque por otro lado, si en el futuro cae la breva y un retrasado mental publica un libro que se convierte en bestseller, vais a pensar que lo he escrito yo.

Bah, seguro que ya nadie se acordará de este artículo.

Temo que en el futuro me endiñen a alguien en coma para que le escriba ese libro que siempre quiso escribir. Me contrataría su esposa, o uno de sus hijos, y me llevarían al hospital para que le cogiera la mano y me llegara la energía, la inspiración...para saber qué coño quería escribir ese buen hombre...o mujer (aunque ya se sabe que escribir un libro y publicarlo es algo más masculino y curiosamente, acabo de caer en la cuenta de que nunca he tenido un cliente femenino). O, ya puestos, temo que me contrate la familia de un difunto para la misma labor y que tenga que documentarme mediante un espiritista. La ouija, los vasos, la luz roja, mi bolígrafo Bic y mi libreta pordiosera.

Por Enrique Rubio

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