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Me arrepiento del mañana

lla pimera vez

La primera vez que vi un libro escrito por mí pero con el nombre y la foto de otro autor, me causó un impacto más fuerte que cuando vi mi primer libro completo (nombre incluido) en todas las librerías.

Recuerdo perfectamente aquel día. Estaba en un gran centro comercial. Lo cogí, lo abrí y leí en una página al azar; sí, todo eso lo había escrito yo y en la portada no venía mi nombre. Seguí leyendo para convencerme de que, aunque el texto era impoluto y preciso, la historia era una basura para disuadir a la masa zombi de que tuviera algún pensamiento propio, por lo que era muchísimo mejor mantenerme en el anonimato. Sí, era una basura, un refrito de tópicos sostenidos por creencias socialmente correctas aunque patológicas desde el punto de vista psicológico: optimismo ciego, afán de superación infinito, esfuerzo, esfuerzo, sueño americano, sueños americano, que el protagonista evolucione constantemente y aprenda una lección vital, cuando rara vez ocurre en la vida real, hipocresía, hipocresía, fantasía, ilusionismo...ausencia total de sentido crítico y de lucidez y personajes totalmente caricaturizados. Una de las claves de todo bestseller o libro mínimamente comercial es que haga al lector reconocer, pero nunca conocer. La misión del producto mainstream es que alimente los esquemas y no cuestione ninguno.

El libro estaba muy bien situado en la mesa de novedades. Se trataba de un autor que había tenido grandes ventas en alguno de sus libros anteriores, pero se había quedado sin ideas ni tiempo para lo que la maquinaría empresarial exigía. Miré alrededor y vi a numerosos clientes y a varios dependientes. Sentí algo raro cuando pensé que sólo yo sabía que ese libro lo había escrito yo. Hojeé el resto de libros de la mesa y me pregunté cuántos habrían sido escritos por los autores que aparecían en las portadas y cuáles no. Sólo podía estar seguro de un autor: Enrique Rubio, pero no estaba en la mesa y pasaba de buscarlo. Ya eran dos las cosas que sabía solamente yo y que nadie más podía saber a ciencia cierta.

Entonces se me ocurrió la travesura de firmar uno de los libros de mi cliente. ¿Qué podía pasar? Sólo iba a poner mi nombre (sin el apellido) y mi garabato de siempre. Saqué un bolígrafo del bolsillo donde llevaba también una libretilla, agarré el libro y me fui a un lugar escondido. Lo firmé. Bueno, en el último momento cambié un poco la firma y distorsioné un poco las letras de forma que apenas se entendía la palabra 'Enrique'. Ya que me ponía, ¿por qué no hacer la gracia completa? Y añadí una pequeña dedicatoria parecida a ésta: Para ti, jodido zombi. Esto si lo escribí bien.

¿Y si lo convertía en una tradición? Al igual que los asesinos en serie firman sus crímenes, ¿por qué no iba a hacer yo algo parecido con mis hijos bastardos?

Nunca se lo dije nadie, era por tanto la tercera cosa que sabía yo y nadie más que yo, pues dos cosas me parecían pocas. En la vida todo debe ser uno o tres, pero jamás dos.

Me pregunto dónde estará ese libro ahora, si fue leído por alguien o sólo comprado y/o regalado, si fue devuelto al estar dedicado por un extraño y qué pensó el zombi de turno sobre la dedicatoria, si es que pensó algo. Las posibilidades de que el poseedor de ese libro lea este artículo son más pequeñas que las posibilidades de que gane el Premio Planeta con mi nombre y apellido. (Lo bueno, por cierto, de ser negro literario es que puedes ganar el Planeta muchas veces; y el Nadal, y el Alfaguara, y el Logroño... todas las veces que quieras). Y si aparece, si por casualidad me ha leído, siempre podré decir que la dedicatoria la escribió él al leer este artículo porque odia a muerte al escritor mediático cuyo libro le regalaron. Un perito judicial experto en caligrafía tendría que estudiar la letra de esa dedicatoria para poder asegurar que es mía y no creo que el asunto llegue tan lejos. Es también posible que a partir de ahora varios escritores frustrados con mucho tiempo libre empiecen a subir a Internet fotos de libros con mi dedicatoria y mi supuesta firma para sembrar la duda sobre sus escritores mediáticos más odiados. Estáis avisados: no va a colar.

Después de firmar me fui a la sección de videojuegos antes de comenzar a vomitar en la sección 'del papel'. Cogí la caja de la Playstation 3 y antes de llevarla a Caja, me quedé mirando todo lo que había escrito en ella. Esa máquina no la había hecho Sony, ni la sección de Playstation, ni si quiera el presidente de Sony o el director ejecutivo habían tenido nada que ver. Había sido diseñada y fabricada por un grupo de 'negros' que permanecían en el anonimato, al igual que yo. Sus nombres jamás aparecerían en ningún sitio. Dicho pensamiento me embargó de paz e hizo de mi condición de negro literario algo absolutamente normal. Saqué mi billetera y manoseé el fajo de billetes (parte de lo cobrado por mi primer encargo) y me dirigí a Caja.

–¿No te llevas ningún juego? – me preguntó el dependiente, engominado y trajeado.

Juegos, claro, y busqué y busqué hasta elegir el Dead Rising 2, un juego de matar zombis a diestro y siniestro en centros comerciales: abrir en canal cuerpos tambaleantes, descuartizar miembros agusanados y decapitar cabezas enfermas.

Por Enrique Rubio

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