Blog

Me arrepiento del mañana

alive1

Me dirigía a una pequeña sala de conciertos para ver a Alive, una banda tributo a Pearl Jam, el grupo que marcó toda mi adolescencia y juventud y que me convirtió en un melómano enfermizo. Considero a Pearl Jam el big bang de toda mi discografía. Con ellos me intoxiqué de curiosidad y pasión por la música y gracias a ellos descubrí cientos de grupos y decenas de estilos, hasta tener una colección de unos 2000 discos compactos y 500 gigas de mp3.

El hecho de que fuera en una sala pequeña, aunque no fueran los originales, le daba a la experiencia un toque especial, un matiz nostálgico, como una viaje en el tiempo hacia los inicios de los 90, cuando los todavía desconocidos Pearl Jam, Soundgarden, Alice in chains hacían bullir a los pequeños aforos en locales reducidos pero rebosantes de alma y solera; los seguidores se revolcaban unos con otros, surfeaban entre el océano de cabezas, compartían el sudor y se daban golpes y empujones en una orgía multitudinaria y catártica.

Empezó a sonar la intro pregrabada del disco Ten y los recuerdos de aquella época emergían de la oscuridad interior de cada espectador. Los músicos cogieron sus instrumentos poco a poco y empezó a sonar Once. Sin embargo, el comienzo del concierto fue algo frío, debido al pudor compartido; no se trataba de los auténticos Pearl Jam. ¿Nos mirarían raro los demás si empezáramos a dar botes y nos pusiéramos a menearnos enérgicamente con un sucedáneo, con algo 'falso'? Sólo una chica en la primera fila parecía estar en un auténtico concierto de Pearl Jam; se movía con intensidad, saltaba y coreaba la letra. Después de las dos canciones siguientes, Glorified G y Dissident, el cantante rompió el hielo: "Acercaos, estáis muy lejos". Tras un titubeo inicial generalizado, nos fuimos acercando al escenario tímidamente, mirando hacia los lados y hacia atrás para cerciorarnos de que los demás hacían lo mismo y no éramos los únicos que obedecían la orden de un extraño que nada tenía que ver físicamente con Eddie Vedder.

Empezó a sonar Corduroy y todo indicaba que la invitación a que nos sintiéramos como en casa había surtido efecto. La gente comenzaba a moverse y a corear la letra, aunque todavía seguía algo sujetada por el qué dirán. A la chica de la primera fila parecía no importarle nada más que la música que escuchaba.

Continuaron Porch, Given to fly y Leash y la verdad es que el sonido de la banda era genial. Clavaban todas las canciones, aunque la complejidad de Pearl Jam no es nada fácil de reproducir. Poco a poco el poder de la música fue minando las reticencias y los prejuicios y fue hipnotizando a unos espectadores cada vez menos pasivos. La buena música no entiende de personalidades, de original o versión. ¿Qué más daba que no fueran los integrantes auténticos, cuando esos músicos profesaban un respeto, una dedicación y una pasión sin igual por la música de Pearl Jam, sin artificios, sin intereses económicos, sin ninguna pose fingida? No trataban de ser Eddie Vedder, Stone Gossard, Mike McCready y Matt Cameron, no trataban de reproducir sus movimientos, ni su vestimenta, simplemente eran ellos mismos tocando sus canciones lo mejor posible, sólo pura devoción musical. Esta energía y sinceridad eran contagiosas y cuando empezaron a sonar los temas más electrizantes como Go, Animal o Evenflow la mezcla de todos los ingredientes por fin explosionó y se desató la locura colectiva. Me dejé llevar y me adentré en el torbellino de piernas, pelo y brazos y acabé en la primera fila junto a la chica sin complejos. Por un momento pude ver su cara: era ella, no podía creerlo, y entonces escaneé toda su silueta. Estaba prácticamente igual: cuerpo menudo, delgado, andrógino pero vulnerable como el de un cervatillo. Sin maquillaje, sin piercings, sin complementos de árbol de navidad, tan sólo unas botas híbridas de deporte-montaña gastadas, unos pantalones vaqueros normales y corrientes, desteñidos por el uso y no por la fábrica. Ni siquiera iba de rockera y mucho menos de grunge. No recuerdo la camiseta que llevaba, porque era simplemente ella y su persona se desbordaba sobre la tela y el color de la ropa. Hacía muchos años que no la veía. ¿Diez años? Habíamos compartido muchas horas de biblioteca, habíamos coincidido en calles y bares como Sub Pop, Underground y siempre me había inspirado lo mismo: sencillez, naturalidad y humanidad. Pese a ser muy guapa, no era consciente de su belleza, y si lo era, se empeñaba en pasar desapercibida, lo que, a mis ojos, le hacía infinitamente más bella. Durante aquellos años, muchas veces pensé en decirle algo, en saludarle al menos, aunque fuéramos unos perfectos desconocidos, pero nunca lo hice.

Ojalá existiera una civilización en la que la gente se conociera por lo que le inspira, en vez de por situaciones sociales regladas y protocolarias. Debería existir un lugar en donde fuera normal que una persona parara a otra por la calle para hacerle ver todo lo que ésta le ha suscitado; tomarse un té con una viandante que te ha causado mucha curiosidad. En las películas sucede, por lo que en el subconsciente colectivo debe ser un deseo, un sueño anhelado por todos.

Lo que jamás hubiera imaginado es que mi amor platónico de juventud fuera una fanática de Pearl Jam, grupo del que yo era igualmente fanático. ¿Era una señal del destino, típica de un pensamiento romanticoide y sensiblero o era una casualidad que utilizaba como justificación para intentar chocar con ella y conocerla por fin? Mientras sonaba Daughter y Garden pensé en todo lo que podríamos haber compartido si nos hubiéramos conocido: discos, grupos, conciertos, viajes, besos, alientos, abrazos, orgasmos.

Comenzó a sonar Spin the black circle y mis pensamientos, anhelos y arrepentimientos se desvanecieron. Todo el mundo se desató por fin, me acerqué a su posición dando saltos y me volví loco: mi cerebro se había apagado y era la batería, las guitarras y los berridos los que movían frenéticamente todo mis músculos. Estábamos juntos. Nuestros cuerpos chocaban, rebotaban pero algo los volvía a unir. Sentí como si nuestras fronteras celulares estuvieran entretejidas por jirones invisibles de aire. Nuestros átomos, comenzaban a volatilizarse temblorosos. Nuestras pieles, al tocarse, se derretían relampagueantes, nuestras ropas se deformaban y se distorsionaban en un líquido gaseoso o un gas líquido flotante y zigzagueante y los colores de nuestras prendas se mezclaban en el centro del espacio que nos separaba segundos antes, formando tonalidades nuevas y continuamente variables. Las paredes de la sala y el público circundante se curvaban en torno a nosotros como juncos flexibles y después desaparecían.

Terminó la canción, estábamos exhaustos, nos miramos y sonreímos leve y tímidamente. Pero la posible vergüenza solo duró unos segundos porque empezó a sonar Do the evolution, uno de los temas más salvajes y cargados de significado que se hayan compuesto jamás; cuatro mil millones de años de muerte, competición y violencia sobre el planeta Tierra concentrada en sólo tres minutos de canción. Y volvimos a desaparecer, a sumergirnos en esa dimensión paralela en la que todo te da exactamente igual, pues las ondas sonoras borran todo lo que haya a tu alrededor, como una droga mejor que alucinógena, que lo exterminaba todo en vez de dibujarte algo nuevo.

La brutalidad sonora del repertorio remitió y el setlist continúo con temas más tranquilos pero no menos intensos, profundos y emotivos como Black, Betterman y Yellow ledbetter, lo que me hizo pensar en el final del concierto, cada vez más próximo. Cuando terminara, saldríamos de la sala, cada uno insertado en raíles diferentes y nuestros caminos se separarían de nuevo hasta dentro de... ¿diez años?, ¿veinte?, ¿nunca jamás? Debería haberle dicho algo, debería decirle algo ahora...pero ¿qué podía decirle? ¿Qué comentario podía hacerle que no sonara estúpido, que no me hiciera parecer un ligón baboso? La música que estábamos escuchando era tan rotunda, compacta y tan profunda que cualquier cosa que pudiera salir de mi boca ahora sería una ordinariez artificiosa y fútil. Además, no es lo mismo hablar en vivo y en directo, teniendo que procesar una frase en décimas de segundo, que escribir de forma tranquila y reposada, sabiendo qué es exactamente lo que quieres expresar.

Me fui hacia atrás y después hacia un lado, donde estaba la barra. Saqué la entrada del bolsillo y le pedí un bolígrafo a la camarera, que me miró con escepticismo, tal vez debido a que ya todo el mundo lleva móviles súper avanzados donde puede apuntar cualquier cosa y el bolígrafo y el papel forman parte de la prehistoria. El corazón me explotaba dentro como si fuera el tambor de la canción Comatose o Blood en un disco rayado que se hubiera quedado enganchado. Era el miedo eterno a saltarte reglas sociales, protocolos y costumbres y estrellarte con la incertidumbre total. Por mucho que te guste el hard rock, el punk, el hardcore y el emocore o por mucho que seas un rebelde antisistema en otros ámbitos, cuando se trata de luchar contra ti mismo, no hay rebeldía e irreverencia que sea suficiente. No sabía qué escribirle. ¿Cómo describirle a una extraña en un par de frases todo lo que estoy escribiendo aquí?

Sólo se me ocurrió esta frase: Tengo que darte una mala noticia: No estás de moda, nunca lo estuviste y nunca lo estarás. Y añadí mi correo electrónico.

Volví al centro de la sala, entre el público, pero ya no pude disfrutar de State of love and trust, una de las más eléctricas y grandiosas, una canción perfecta por los cuatro costados. Tampoco pude disfrutar plenamente de People rockin in the free world, original de Neil Young y utilizada por los verdaderos Pearl Jam solían o suelen cerrar sus actuaciones. Y tampoco pude prestarle toda mi atención a Alive, la última canción, una de sus canciones más emblemáticas y la que daba nombre a este grupo tributo. No paraba de pensar en cómo darle mi entrada, una entrada que además de haberme permitido disfrutar del concierto, podía ser la entrada por la que podría entrar en mi burbuja vital, musical, cinematográfica y literaria.

Cuando la música cesó, el cantante presentó a los miembros del grupo, dio las gracias al público por su entrega, prometió que volverían algún día e invitó a todo el mundo a concentrarse cerca del escenario para hacerse un selfie con el móvil e inmortalizar la comunión de diferentes personas a través de una añoranza adolescente compartida y la pasión por la música auténtica, con alma y sin cortapisas de grupos como Pearl Jam. Yo estaba unos metros detrás de ella, y vi como acudía rauda al reclamo y se inmiscuía entre los cuerpos para salir en la foto. Me acerqué apartando brazos y troncos y me coloqué a su altura. El cantante nos recomendó que nos apretáramos para salir todos y la gente comenzó a apretujarnos. Sentí su pequeño cuerpo contra el mío y tuve el impulso de rodearle la cintura con el brazo, pero la razón, como siempre, prevaleció.

Después de los aplausos, se encendieron las luces y aterricé en la vergonzosa y nítida realidad, aquella en la que los ojos se te clavan, las miradas te escudriñan y todo parece absoluto e incontestable. ¿Sería capaz de darle la entrada con mi email, el punto de contacto esencial para que nuestra relación musical continuara? Esperé a que pasara cerca de mí, y entonces me coloqué detrás con la intención de darle un toque en el hombro con el dedo índice, pero en el último momento se me encogió el brazo y no respondía a ninguna de mis órdenes. Me paré en seco y ella salió de la sala. El sentimiento de culpa hizo que reuniere fuerzas de nuevo para luchar contra el pudor. Salí con la determinación de chocar con ella, de estrellarme si era necesario, pasara lo que pasara, aunque tartamudeara, aunque trastabillara, aunque ella pusiera una cara que me hiciera sentir el ser más ridículo de la Tierra.

Pero cuando salí ya no estaba. Miré a diferentes puntos y distancias, oteé la lejanía, los posibles caminos que podía haber tomado, y no la vi. Se había esfumado.

Me di una vuelta por los alrededores con la estúpida creencia de volverla a encontrar, pero estaba claro: se había evaporado totalmente. Con un barrido visual eterno, un travelling sobre la inmensidad inabarcable, la realidad se desplomaba sobre mí con pies de cemento. Nunca la encontraría. Ante mis ojos, una colmena inmensa de medio millón de habitantes en la que se había sepultado profundamente, sin dejar rastro.

Cuando llegué a casa, encendí el portátil, me metí en Facebook y busqué el grupo de Alive. Pinché en el apartado de 'miembros', con la esperanza de que en algún momento le hubiera dado a 'Me gusta', quedando registrada en la lista. Había 949 miembros. Estuve media hora mirando las fotografías de todas las chicas de la lista pero ninguna era ella. Después miré en los diversos post que la banda había ido colgando. En ese mismo momento colgaron el selfie del concierto y aunque la calidad no era muy buena, localicé nuestras caras enseguida. Nuestras cabezas casi pegadas asomaban entre varios cuerpos. Posé el cursor sobre la imagen en busca de etiquetas (los nombres y links de las personas que en ella aparecían), pero sólo estaban etiquetados los cinco miembros de la banda. Puse el cursor sobre su rostro y apareció un marco que encuadraba su cabeza, y un casillero para poner su etiqueta, su nombre, su perfil en Facebook. ¿Cómo se llamaría? ¿Quién sería? ¿Tendría cuenta en Facebook? De su apariencia nunca inferí que le diera mucho valor a la tecnología ni que estuviera a la última de la última en temas informáticos. Puse el cursor sobre mi cabeza, apareció el marco y el casillero para poner mi nombre. Lo escribí, le di a Enter y comencé a pasar el cursor por nuestras cabezas. Cuando se acercaba a mi rostro aparecía mi nombre y cuando tocaba el rostro de ella, aparecía el marco y un casillero vacío. ¿Se etiquetaría mañana, dentro de una semana...? ¿Nunca?

Al día siguiente volví entrar en el grupo de Alive, bajé hacia la fotografía y me posé sobre tu rostro, pero seguía sin etiqueta, sin nexo alguno con su identidad.

Durante las semanas y meses siguientes, contacté con la banda varias veces, les embadurné con elogios y les sugerí que volvieran a mi ciudad de nuevo, a la misma sala si era posible y siempre me dijeron que volverían, por supuesto, lo habían prometido, pero pasaba el tiempo y no había noticias de una nueva gira. Al final acabé suplicándoles que regresaran, les decía que eran mejores que los propios Pearl Jam, que sería una catástrofe no poder verlos nunca más. Siempre me decían que estaban preparando un nuevo tour por el país, que tendría noticias pronto pero los meses y los años pasaban y todo quedó en saco roto.

Dos años después, uno de los guitarras del grupo me envió un mensaje por Facebook para informarme de que iban a hacer una gira, que iban a actuar en la misma sala pero que ahora hacían un tributo a Nirvana y se llamaban In Utero. Vi carteles del concierto por toda la ciudad. Si te apasionaban Pearl Jam, era muy probable que no te pasara lo mismo con Nirvana, pues eran dos grupos muy diferentes, casi antagónicos. No fui a ese concierto porque estaba seguro de que no la encontraría allí.

No la volví a ver.

Han pasado tres años y todavía consulto de vez en cuando la fotografía de aquel concierto: una joya de ámbar con dos microbios complementarios atrapados en el tiempo, rozándose para la posteridad pero eternamente desconectados. Como una tradición milenaria, el cursor revolotea en torno a su semblante desenfocado y borroso y, como si fuera una especie extinguida que hubiera que catalogar, mantengo la ilusa esperanza de que aparezca su nombre algún día.

Por Enrique Rubio

Recibe entradas en tu mail

Archivo blog

Content on this page requires a newer version of Adobe Flash Player.

Get Adobe Flash player