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Me arrepiento del mañana

sleeper

Eran las 4 de la tarde. Estaba sentado en la biblioteca de la universidad leyendo un libro y me estaba durmiendo literalmente, pero no entrecerraba los ojos ni bostezaba para que ningún observador creyera que tenía sueño. Aguanté todo lo que pude estoicamente.

Recto como un palo, pasaba y pasaba hojas a intervalos regulares con los ojos bien abiertos, aunque en realidad no podía procesar ninguna palabra pero por dentro sentía que iba a estrellar la cabeza en la mesa de un momento a otro, como si fuera una bola de demoliciones en caída libre. Tenía los ojos abiertos, sí, pero no veía casi nada. Mi cerebro estaba off. Decidí bajar a la máquina del café y tomarme un té, porque para mí un café es como media docena de anfetaminas.

Me pongo en la fila y llega mi turno. Hay gente detrás de mí esperando y mirando lo que hago. No me gusta nada que me observen. Temo que algo salga mal, que la máquina no obedezca a mis órdenes, que no me acepte las monedas, que no me devuelva el cambio...etc... Con las máquinas expendedoras me pasa lo mismo. Mi miedo más grande es que la bolsa de patatas fritas, el paquete de caramelos, o lo que sea, se quede enganchado en el hierro que lo sujeta y que no caiga donde tiene que caer y que alguien vea mi cara de gilipollas. O que al meter la mano por la abertura se me quede el brazo enganchado y tengan que llamar a los bomberos.

Me dispongo a llevar a cabo mi gran misión. Meto la moneda de 50 céntimos, la acepta, y pulso la cantidad de azúcar y el botón del té. La máquina se pone en funcionamiento y me devuelve los 5 céntimos que me debe. Todo correcto. Comienza el proceso de fabricación de mi maravilloso té. Soy normal. Sólo soy un individuo cualquiera en una máquina esperando su té, no hay por qué preocuparse. ¿Por qué tendría que preocuparme? Miro el vasito que se está llenando a ver si ha caído el palito para removerlo, pues a veces no hay palitos, y sí, tengo palito, a veces la vida puede ser maravillosa, me digo mientras me froto las manos, expectante, impaciente pero ilusionado. La cuenta atrás en la pantallita electrónica está llegando al final. Ensayo mentalmente los movimientos para no tirar el vaso con el té:

1. Levantar la tapa

2. Meter la mano

3. Coger el vasito de plástico por el borde, porque el resto del vaso arde como el infierno en agosto.

Suena el pitido de 'Puede coger su maravilloso té con azúcar' y cojo el vasito sin problemas pero miro dentro del vaso y.... ALELUYA, sólo hay agua hirviendo, ni rastro del jodido té. Hago como si nada hubiera pasado y me llevo mi 'té' sin rechistar, con la máxima dignidad que puede expresar mi lenguaje no verbal y mis movimientos corporales, casi con orgullo, como si me hubiera tocado la lotería, mientras voy cagándome en los jodidos muertos de la máquina y el gilipollas que la revisa y la llena de los ingredientes necesarios. Menos mal que el vaso es blanco y no es transparente y nadie se ha dado cuenta de mi gran hazaña. Me siento en un banco mirando a los demás con absoluta normalidad, demostrando incluso desgana por un acto tan rutinario e intranscendente como tomarse un 'café' en un banco, mientras empiezo a preguntarme qué cojones voy a hacer yo ahora con un vaso de agua hirviendo. Sólo falta que se me caiga en la pierna, me la queme totalmente y tenga que aparentar que no me ha dolido. Y ahora se me posará una paloma en la cabeza. Si me pasa eso, intentaré acariciarla y no la apartaré, como si estuviera amaestrada y subordinada a mi gran poder. Entonces recordé cuando iba andando con una chica por un parque, hace muchos años. Era una de nuestras primeras citas, y mi cabeza recibió una buena cagada de pájaro. La chica se dio cuenta. Me lleve la mano al pelo y lo peiné, distribuyendo la sustancia por todo el cabello como si fuera gomina.

–¿Sabes que los excrementos de pájaro son buenísimos para el pelo?

Cuando observo que nadie me mira, me levanto y dejo el vaso en el banco. Creo que la ansiedad de hace un rato y la mala hostia posterior me ha espabilado y ya no necesito más excitantes.

Ser fóbico social no es nada fácil. Hace poco fui al veterinario con mi gato y la chica me preguntó:

–¿Qué pienso le das?

–Ultimátum.

La chica empezó a reírse a carcajadas y me puse rojo. Gracias a la barba no se notaba mucho. Entonces dijo:

–Querrás decir 'Última', de la marca Affinity.

–Ya lo sé, mujer, era un chiste.

Una vez estaba en Secretaría, en la Universidad, tramitando unos papeles y el funcionario me preguntó:

–¿En qué instituto estudiaste?

–En el García Vaquero.

–Querrás decir 'Mariano Vaquero'. 'García Vaquero' es un queso – dijo con bastante sarcasmo. No sabía dónde coño meterme.

–No, García Vaquero. En mi grupo de punks y anarcas lo llamábamos así. Muchos acabaron en la cárcel, éramos muy antisistema, utilizábamos nuestras propias palabras para reírnos de todo – le dije para salir del paso y no quedar como un pringado.

Otro día iba por la calle hacia la oficina de Correos pero no la encontraba por más que andaba. Tuve que hacer de tripas corazón y preguntarle a alguien.

–Disculpe, ¿estoy cerca de la oficina de Correos?

–Vas en dirección contraria. Está más allá del río, en el otro extremo de la ciudad.

–Gracias, es que acabo de salir de la cárcel y voy un poco desorientado – dije con voz ronca y acento marginal. Y a continuación carraspeé y estrellé un lapo bien cargado contra el suelo.

Mi peor experiencia como fóbico social ocurrió en un autobús que me llevaba al campus cuando era universitario. Estaba repleto de estudiantes. Alguien me dio unos toques en el hombro desde atrás. Me volví.

–¿Es nueva?

–¿Cómo?

–¿Qué si es nueva? – me volvió a preguntar enseñándome la etiqueta colgante de mi camiseta de manga larga. Quise tener una bomba adosada alrededor de mi cuerpo para inmolarme en ese preciso momento.

–Ahh, eso. Era una apuesta con un colega. Decía que no tenía cojones a hacerlo. "¡¿Qué no tengo cojones?!", le contesté. Me voy a ganar 50 chapas, tron. – Y me bajé del autobús con movimientos de macarra hip hop, como si tuviera muelles en los talones, y la etiqueta seguía colgando de mi espalda, ondeando en el aire y dando bandazos de un lado a otro. Después me metí corriendo en un baño, me dio un ataque de pánico, vomité y me arranque la jodida etiqueta desgarrando parte de la camiseta.

Hablando de baños, un par de veces he entrado en los servicios de mujeres por error, y al ver a alguna de ellas dentro, he actuado con una gran indiferencia fingida. He meado y después me he lavado las manos con contundencia, he carraspeado virilmente y he echado un gran gargajo espeso sobre el lavabo. Sí, sé que soy un hombre, ¿qué hostias os pasa, tías?, intentaba autoengañarme mentalmente para no asumir que la había cagado penosamente.

Las puertas en lugares públicos, bares, discotecas, tiendas, edificios ajenos...etc.. son la peor pesadilla para un fóbico social. No saber si se abre para dentro o para afuera es nuestra duda más inquietante y trascendente, mucho más que el sentido de la vida, de dónde venimos y adónde vamos. Yo voy a cualquier lugar, el cielo o el infierno, siempre que me indiquen claramente cómo se abre la jodida puerta. Lo que yo suelo hacer es lo siguiente: Cojo mi móvil con la mano izquierda y alargo el brazo derecho hacia la puerta. Elijo al azar el sentido de apertura y empujo o tiro de la misma a la vez que miro el móvil; si me equivoco de sentido y no se abre, entonces miro el móvil con más atención y doy un paso hacia atrás, como si me hubieran enviado en ese momento un mensaje importante y entonces hago que escribo algo, y vuelvo a abrir la puerta, pero esta vez en el sentido correcto. De todas formas, sigo mirando el móvil porque hay veces en que la puerta está cerrada; o me he equivocado de salida, o está rota o simplemente no sé cómo coño se abre. En ese caso, vuelvo a mirar un supuesto mensaje importante, me doy la vuelta (siempre mirando el móvil y haciendo que consulto algo o que escribo) y me largo de allí sin prisa pero sin pausa, aparentando la más absoluta normalidad.

Si me doy un golpetazo en la pierna con una mesa, una valla amarilla para las obras o un pivote de acero o cemento de esos que sirven para que no entren o aparquen los coches, sigo andando con garbo y determinación, aunque tenga varias fracturas y a continuación pida un taxi para que me lleve directo al hospital más cercano.

En una ocasión invité por primera vez a una chica a mi casa. Le pregunté si quería un té y dijo que sí. Fui a la cocina a prepararlo. Abrí la puerta del armario superior, cogí un par de bolsitas de té, una de ellas se me cayó, me agaché para cogerla y cuando me levanté me di un zambombazo en la cabeza con el pico de la puerta abierta. "¡¿Estás bien?!" me pareció oír a la chica en la lejanía, mientras me tambaleaba semiinconsciente con el dolor más insoportable, viendo estrellitas sobre un fondo totalmente negro. Hice las dos infusiones a tientas, como un ciego sin bastón y cuando fui al salón con la bandeja y el té, la chica me miró con ojos muy abiertos y asustados, y me informó de que había un gran chorro de sangre cayendo de mi cabeza por mi cara.

–Bah, después me lo coso.

Por Enrique Rubio

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