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Me arrepiento del mañana

coladecaballofinal

Cuando interactúo con mi gata (es una gata difícil, tan vez por ser hembra, quién sabe) me guío por la posición, movimientos y bufado de su cola. Si empieza a moverla enérgicamente es que se siente avasallada y me envía el mensaje de que si sigo haciendo lo mismo, me va a arañar o morder, así que cambio la forma de mis caricias o la dejo tranquila un rato. A veces la diferencia entre un ronroneo y un arañazo puede ser un milímetro, un ritmo ligeramente inferior o superior al que estaba aplicando o una presión de mis dedos con una diferencia de intensidad casi imperceptible para un humano, pero su cola es un termómetro emocional infalible y tremendamente útil.

Muchas veces he pensado que estaría bien que todas las mujeres tuvieran el pelo largo y se hicieran una cola (ya sea trenzada o cogida con una simple goma) y que ésta fuera igual que la de los gatos. Así lo hombres podrían saber en qué momento hablarles, de qué forma, si acariciarles o no, en qué sitios mejor que otros...etc... pues no suelen guiarlos con ninguna señal, y mucho menos decírselo con palabras. Imagina que un hombre ve a una mujer que le atrae poderosamente en una discoteca, acto social o en la parada del autobús y piensa en decirle algo. Si la mujer ha tenido un día de perros o en ese momento está con ganas de matar a alguien, tendría su cola hacia arriba y mas bufada que la cabeza de un electrocutado. "Mejor otro día". De igual modo, si un hombre se acerca a una desconocida, le habla y su cola está por los suelos, sabrá que ella siente pánico por alguna razón, tal vez perciba en él a un psicópata maltratador o a un asesino en serie. Será aconsejable descartarla por los siglos de los siglos y no malgastar energías, pues cuando una mujer tiene un prejuicio o se monta una película de terror sobre un hombre, mejor tacharla por completo, olvidarla. No hay nada más difícil de combatir que el prejuicio irracional de una mujer en temas de selección sexual. Si su cola estuviera dando bandazos y latigazos sobre su espalda, sabríamos que está de mala hostia o no le hacen gracia nuestros chistes. El hombre podría intentar cambiar su discurso, su tono, no hacerse más el gracioso, aunque lo mejor sería que abandonara. Cuando empiezas mal con una mujer ya no tiene arreglo, no hay rectificación posible.

Más utilidades. Si su novia llega con la cola bufada o dando latigazos, ¿para qué intentar hacerle mimos o intentar follársela en ese momento? Mejor dejarla sola y no dirigirle la palabra hasta que vuelva a salir el sol.

Posible problema: en plena relación sexual, los hombres no pararían de mirar el estado de la cola y la mujer podría mosquearse porque "no me miras a los ojos, ¿acaso soy un objeto un alma?", pero claro, esto nunca te lo dirá. Si su cola fuera como la de un gato, nos daríamos cuenta cuando, después de un rato mirando fijamente detrás de su nunca, su cola nos diera varias bofetadas en toda la cara.

Una vez tuve una novia algo siniestra. Hablaba muy poco, pero cuando hablaba me dejaba helado. Después de varios meses de relación me soltó, sin venir a cuento en ese momento, que la acariciaba como si fuera un perro muerto. Pasé varios días preguntándome cómo se acaricia a un perro muerto, y también intenté cambiar mi forma de acariciar, sin orientación alguna, al tuntún, imaginándome con lo ojos cerrados que al menos el perro estuviera vivo. La relación terminó y varios años después le pregunté qué quiso decir aquel día con esa comparación y ni ella misma supo explicármelo. Esas cosas no te suceden con un gato, sólo con mujeres. Los hombres somos más transparentes. Una vez le dije a una mujer: "Cariño, mi polla no es joystick. Tienes que tratarla con más delicadeza y afecto. Una polla es lo más femenino del reino animal, mucho más femenino que una princesita." Y tras esta valiosa información, todo fue sobre ruedas.

En definitiva, una cola de gato en una mujer sería una guía súper útil para ir afinando los movimientos, las caricias, las embestidas, las posiciones durante el acto sexual (o la gran follada, si me permiten los tiquismiquis), hasta ver su cola hacia arriba totalmente recta como un palo.

Yo he aprendido a tocar a mi gata como si de un violín se tratara, por ensayo y error, a base de mordiscos, arañazos y colazos (os aseguro que cuando me clava las uñas no me olvido de que cometí un error), pero con las mujeres no he logrado nunca semejante virtuosismo. Ahora cojo a mi gata por todos lados, le doy vueltas en el aire, me la subo al hombro, hago mil virguerías con ella. Las mujeres deberían tomar ejemplo para suplir su mutismo, pudor o ensimismamiento y, ya que no tienen cola de gato, podrían arañar, clavar sus uñas hasta los nudillos o morder fuertemente cuando algo no les gustara.

Por Enrique Rubio

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