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Me arrepiento del mañana

jaimito pron

I

El verdadero problema de Jaimito Pron no son sus libros llorones y quejosos, sino su cara de Jaimito, sus ojos pequeños y juntos, su bizquera y esa mata de pelo posmoderna cayéndole en la frente. Jaimito Pron es el típico mariconcete que no jugaba al fútbol en el recreo y que no levantaba la cabeza del libro para intentar pasar desapercibido y no ser el blanco de los salivazos de sus compañeros.

Hijo de Álvaro Vitali, popular actor que fuera bandera de la comedia erótica heterosexual italiana de los años 70 y 80, se puso 'Patricio Pron' de nombre artístico porque sonaba cool, elitista y porque 'Patricio' es sinónimo de 'aristócrata'. Jaimito intuía, con suma agudeza, que esto se la pondría tiesa al marqués de Esnobadori. ¿Y Pron? Digamos que no suena español y eso es lo importante. Jaimito Pron fue la vergüenza de su padre Álvaro Vitali, dada la homosexualidad palpable de aquél y la extrema heterosexualidad, más que filmada, de éste.

Jaimito jamás salió del armario y en su aspecto posmoderno se mezclaron la amargura, el rencor, la mezquindad de un bobalicón resentido y ojeroso y la irascibilidad del homosexual al que nunca le han metido los pelos hacia dentro.

Vayamos a analizar el libro, propiamente dicho. Su fluidez verbal es bizca, lo parieron a golpes y lo amamantaron a base de leche cortada. Su prosa tiene cara de nerd amanerado, de friki pijo que pide a gritos que le peguen mil puñetazos. En cuanto a la estructura, me gustaría encontrármelo en un callejón sin salida y borrarle esa cara de mindundi alelado y aplastarle su nariz ridícula y ofensiva. Su estilo es mitad gafapasta mitad Jaimito Urrutia de Gabinete Caligari. Eso por no hablar de la caracterización de los personajes, que soportan su enanismo y su polla de bebé.

Por tanto, lo único relevante que deben saber ustedes sobre Jaimito Pron, 'La vida interior de las plantas de interior' y sus demás títulos empalagosos, es que no aguantaría en un cuadrilátero ni medio asalto contra el gran Rubiowski, aunque intentara escapar arrastrándose por el suelo y chillando como una colegiala.

Resumen: Ni media hostia.

II

No conozco a Patricio Pron (ni falta que me hace), ni he leído ningún libro suyo, artículo o mísero tweet y no me repugna más que cualquier otro escritor (empezando por mí). Toda la reseña anterior se basa en lo que me inspira su imagen y su nombre: 'Patricio Pron', que sólo podía ser el nombre de un escritor repulsivo. Podría haber elegido cualquier otro escritor y cualquier otro libro, pero su extravagancia esnob y su cara de chiste ganaban por goleada a los demás, por muy literarios y chics que fueran sus nombres. Puede que los libros de Pron sean sublimes y merezcan la pena, aunque... ¿cómo te vas a fiar cuando hay tanta interferencia extra literaria y tanta basura sobredimensionada alrededor suyo? Jamás le daré una oportunidad. Hay que preseleccionar de alguna manera, aunque sea por el nombre o porque su apariencia te repugne. Los prejuicios, aunque sean injustos, también son útiles.

¿Cuántas reseñas se habrán hecho hasta hoy sin que el "crítico" se haya leído el libro? ¿Cuántas reseñas se habrán hecho meses o años antes de que se haya publicado un libro o de que al escritor se le haya pasado por la cabeza la primera idea del mismo? Es más que probable que Carlos Boyero tenga ya hechas las críticas de las tres o cuatro próximas películas de Almodovar, al igual que muchos críticos literarios, casi siempre escritores, tienen ya escritas las reseñas de los libros de sus enemigos.

En el mejor de los casos, una reseña responde al gusto personal, aunque tu reputación como crítico esté por las nubes. La reputación, en cualquier ámbito de la vida, se consigue con elocuencia, fotogenia y persuasión y serás respetado en la medida en que seas capaz de creerte tus propias mentiras para que tu determinación suene intachable. El éxito social depende de tu capacidad para la actuación. Otras veces una reseña responde al prejuicio del lugar de origen, la nacionalidad o la edad del autor. También existen blogueros que llevan dentro un escritor frustrado y que sistemáticamente ponen a caldo todo aquello que sea escrito por un autor nacional más o menos de su edad y glorifican los clásicos porque ya no suponen ningún peligro. Y en el peor de los casos, una mala reseña responde solamente a que el autor te cae como el culo, a su físico mediocre o simplemente a cómo te suena su nombre. Y cuando son buenas, un 67,9 % responden a un interés personal del crítico con el autor, cuando no por pura amistad (la amistad en literatura se reduce a intereses editoriales y enemigos compartidos) y un 32,1% responden a una moneda de cambio por la publicidad de la editorial en el medio (cuando no porque medio y editorial son del mismo grupo y todo responde a una mamada a su propia polla).

Los editores, a la hora de seleccionar a sus autores, se rigen por los mismos prejuicios y los mismos factores extra literarios; la literatura cada vez importa menos, como bien dice aquí el marqués, en un ejercicio de vergonzosa aunque 'agradecible' sinceridad. A veces el criterio editorial se basa en el potencial mediático del autor y su habilidad para ser pedante y soberbio en público. Otras veces sólo es un capricho del editor totalmente personal y arbitrario para saborear su "inmenso" poder. Y en algunas editoriales, como confiesa Don Claudio, la cara es el espejo de la literatura. Por eso, ya que es tan importante, me he tomado la licencia de hacer una reseña del careto de su protegido.

Sin embargo, nos avergüenza que se trasluzcan nuestros bajos instintos y sublimamos nuestro odio con largas argumentaciones literarias legitimadoras; auténticos discursos "racionales" llenos de verborrea, retorcimiento seudointelectual y oscurantismo cifrado para que nadie nos vea el plumero. Que el lenguaje surgió para engañar a los demás y apoderarnos del otro es algo que saben muy bien en la comunidad científica. Sin embargo, algunos seres humanos, entre los que me cuento, también sufrimos una fuerte inclinación a descubrir la verdad, a desvelar los entresijos y mecanismos inconscientes y a desmantelar lo corrupto y lo fraudulento, que es prácticamente todo. Es de las pocas cosas que me empujan  a escribir, además de la vanidad.

Yo propongo airear el odio, el prejuicio y el instinto depredador por aquello de desenmascarar la realidad. Y por qué no, también para conectar con nuestra naturaleza, expresar lo negativo sin medias tintas y vivir en paz con nosotros mismos, aunque sea por una temporada, por aquello de salir de la rutina biempensante y mentirosa. Propongo además que todo aquel que me odie lo exprese en toda su plenitud y sin rodeos y que me escupa en la cara cuando tenga oportunidad. No es necesario que me escriba ninguna reseña. Prometo responder al escupitajo o puñetazo para darle en el gusto. Las sublimaciones, los juegos malabares con las palabras y las argumentaciones literarias legitimadoras son fruto de la represión y producen cáncer.

 

(Artículo NO  incluido en el libro "Me arrepiento del mañana'', de venta en la web próximamente)

Por Enrique Rubio

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