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Desde hace unos 15 años no salgo en nochevieja, esté soltero, casado, emparejado o viudo. Podría salir de discotecas y afters los 364 días restantes del año, que yo en nochevieja me quedo en mi casa, no me tomo las uvas, por supuesto, ni estoy pendiente del reloj.

Mi tradición particular es hacer lo que me dé la real gana esa noche, desde aprovechar que no va a venir la poli para poner el equipo de música a todo volumen, a verme una peli, jugar con mis gatos, jugar a la consola o incluso dormirme a las 11 de la noche si tengo mucho sueño. Madre siempre se quedó preocupada, quizá pensaba que me pasaba la noche llorando, sucumbido en la más honda de las depresiones, cuando en realidad me lo paso siempre de putísima madre, como cualquier otro día que estoy solo. El pasado lunes, después de tantos años, madre volvió a sentirse apesadumbrada por la misma razón durante la comida familiar.

–Me quedo preocupada y afligida, hijo mío, no lo puedo evitar.

–Durante todos estos años, yo también me quedo preocupado y afligido por vosotros todos los 31 de Diciembre por la noche. Os imagino en esas fiestas, con todos esos ruidos, esos trajes tan incómodos que no abrigan nada, ese frío y todas esas aglomeraciones de gente, esos atascos de tráfico, ese estrés, esos atragantamientos con las uvas, que todos los años muere alguien, esa obligación de sonreír y pasarlo bomba a pesar de semejante catástrofe humanitaria, de beber hasta el vómito y de conducir el coche entre conductores borrachos, y cojo una estampita de la Virgen de los Desamparados y rezo por vuestras almas.

Padre y madre comenzaron a partirse el ojete, rojos, con lagrimillas cayéndoles de los ojos y madre casi se atraganta con la sopa de pescado.