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(Ilustración por Joaquín Aldeguer en exclusiva para este relato)

 

A Yobana Carril

 

Mi hijo de 4 años siempre acudía a mi encuentro al oír cómo me partía de risa, hasta casi asfixiarme, cuando veía el último video del youtuber Un Tío Blanco Hetero. Y se quedaba detrás observando hasta que UTBH se despedía con su habitual gesto (efecto especial sonoro incluido) del puñetazo en la cámara y diciendo ‘Un saludo y hasta otra’.

 La historia realmente empezó el día en que, en la puerta del colegio, yo estaba en cuclillas a punto de despedirme de él. Tras meterle los fardones por dentro, peinarle un poco el pelo alborotado con la mano y comprobar que había cogido el bocadillo para el recreo, en vez de dos besos, se despidió haciendo el gesto del puñetazo contra mi cara y diciendo con voz ronca y su ceceo marca de la casa: ‘¡Un zaludo y hazta otra!, incluyendo el ‘poff’ final para el puñetazo, que conste. Y se fue corriendo como una bala hacia dentro del recinto en dirección a la fila de compañeros de su clase con su diminuta mochila bamboleándose en su espalda y su brazo estirado con el puño cerrado hacia delante.

– Pufffff – me bufé a mí mismo mientras oteaba en el horizonte como se perdía entre los demás mocosos–. Me quitan la custodia fijo.

Intenté no darle mucha importancia y convencerme de que solo había sido una anécdota entrañable. Pasaron los días y las semanas y yo seguía con mi rutina de ver mis dos videos de UTBH a la semana y partirme de risa hasta la lagrimilla. Y mi cachorro dejaba cualquier cosa que estuviera haciendo, cualquier juguete, videojuego, librito... y venía y se ponía detrás. Era matemático. Daba igual si tenía la puerta cerrada, si me había puesto auriculares o si lo estaba escuchando en voz baja.

Entonces llegó la semana del carnaval y, tras leer un aviso de su maestra sobre el asunto, me vi obligado a decidir qué disfraz iba a ponerle. Éramos libres de disfrazar a nuestros hijos o no, por supuesto, pero por mucho que detestara el carnaval, halloween, la navidad y la madre que los parió a todos, no quería ni podía amargarle la vida a mi hijo, que lo marginaran, que lo vieran como a un bicho raro y acabaran metiéndole la cabeza dentro del desagüe del váter o algo mucho peor.

Así que me dispuse a solucionar el ‘dilema’ por la vía rápida.

–Bichito, ¿de qué quieres disfrazarte?

–¡De Un Dío Blanco Hedero!

‘Me cago en dios’, me dije entre dientes. Casi me trago la lengua del susto.

–Papi, ¿qué ez cagarze en dioz?

–Nada, nada, hijo, cosas de mayores... ¿Y no te gustaría disfrazarte de Spiderman? Qué super guachi ehhh – le dije ofreciéndole mi mano abierta para que la chocara con la suya. Al principio no obtuve ninguna respuesta, ni verbal ni corporal.

–¿Y de Batman?

–...

–¿Superman?

–...

El renacuajo, con su piruleta en la boca y los labios y alrededores marraneados de rojo, negaba con la cabeza como si estuviera viendo un partido de tenis eterno dentro de una caja.

–¿Futbolista, robot, enanito de Blancanieves, pitufo, Bon Esponja, Mickey Mouse, Woody de Toy Story, Los Increíbles?

Primer set: Renacuajo 6 – Papi 0. Segundo set: Renacuajo 6 – Papi 0. Tercer set: Renacuajo 5 – Papi 0. Sexto juego, 40-0, tres bolas de partido.

–¿Nazareno, butanero, reina de Inglaterra, Papa de Roma, ecologista de Greenpeace, Pablo Iglesias...?

–¡No! ¡Un Dío Blanco Hedero! – Y empezó a corretear por las habitaciones y el pasillo con su brazo estirado y el puño cerrado al grito de ‘¡Un zaludo y hazta otra!, ¡un zaludo y hazta otra!, ¡un zaludo y hazta otra!’.

–Ay mi madre... – exclamé susurrando con la cabeza gacha, los ojos cerrados y mi mano en la frente, consolándome y apiadándome de mi propia alma. – De esta no salgo. Virgencita, que me quede como estoy.

Cuando ya no le quedaba aliento y su resuello parecía el de un asmático en fase terminal, se paró y se inclinó apoyándose en sus rodillas y pude entablar esa gran  conservación racional padre-hijo, más que necesaria, que llega antes o después sobre los grandes asuntos vitales.

–Pero hijo mío, ¿y si nos sales gay? ¿No sería un poco incoherente el disfraz?

–¿Qué es un jai?

–Mmmmm.....

–¿Los jais esos no pueden ser díos blancoz hederoz? – me preguntó torciendo la boca, con gesto ligeramente mohíno, apesadumbrado –. ¡Quiero cer Un Dío Blanco Hedero y me da igual que cea jai! – dijo muy enfurruñado quitándose la piruleta de la boca un omento, con la cara roja y las venas del cuello a punto de reventar, llevándose las manos a las orejas.

–Pero...

– ¡Me da igual lo que digaz! ¡No voy a oírte!

Punto, juego, set y partido para Bichito.

¿Quién era yo para quitarle la ilusión a un niño tan pequeño, ¡a mi hijo!? ¡Por el amor de Dios! ¿Y si se traumatizaba y sufría suecuelas graves el resto de su vida por no dejarle disfrazarse de su personaje favorito?

Al día siguiente ya le había conseguido sus pequeñas gafas negras, su diminuta malla blanca para la cabeza y el resto del cuerpo, y su sudadera con capucha puesta, que se la dejé abierta y sin meterle los bracitos en las mangas y se la agarré solo al cuello, para que pareciera una capa de súper héroe. Ya con su disfraz, se dirigió a una concurrencia invisible que solo él veía y, haciendo el gesto inicial de UTBH de mover el brazo derecho vertiginosamente en semicírculo desde la derecha a la izquierda, exclamó: ¡Hola, zoy Un Dío Blanco Hedero y en este fideo...!

Cuando llegamos al colegio, lo acompañé a la fila de su clase en el patio, donde los infantes esperaban a que llegara la profesora. Había niñas disfrazadas de Terminator, policía, boxeador, enterrador... y niños disfrazados de princesas Disney, de enfermeras y de amas de casa con delantal y rulos en la cabeza. Todos tenían en el rostro un gesto de absoluta amargura, disgusto, casi de nostalgia, aunque sin saber de qué era dicha nostalgia, pues apenas tenían pasado y recuerdos. Se trataba de un pasado profuuuuuundo y muy remoto. Y entonces Un Renacuajo Blanco Hetero irrumpió en el grupo desde los confines del universo y el principio de los tiempos, ondeando su pequeña capa-sudadera en la espalda, puño al horizonte, derrochando alegría y ganas de vivir por todos los poros de su piel y al grito de ‘a miz privileleleliadoz, prezorez, machulos, ñoñoroz y odroz díoz blancoz hedero, dale al lai si ta gustao el fideo, compartirr y susbriros ar canal. ¡Un zaludo y hazta otra!’.

Cuando salió la profesora del edificio en busca de sus pequeños angelitos, con ese pelo super corto, tintado de blanco, el flequillo recto y vistiendo pantalones, camisa blanca bajo un chaleco negro, corbata y mocasines tipo monja, yo ya estaba a cinco kilómetros de distancia en un hostal de carretera con todos los cerrojos echados.