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Me arrepiento del mañana

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(Breve introducción. Este relato no es ficción, ni trata de ser un ejercicio literario lleno de metáforas brillantes, frases legendarias e ideas super ingeniosas. No tiene giros calculados, no tiene en cuenta las fórmulas narrativas de Robert McKee, ni le importa si esta o aquella parte es más o menos interesante, no es para mojar las bragas de las nenas ni para recibir palmaditas en la espalda. Sólo se trata de una forma de registrar en algún lugar la historia de Susia. A quienes no os guste mi gata, que-os-jo-dan)

 Hace un año salí a dar mi paseo diario por Mordor y, en una calle muy próxima a mi casa, un gato salió de entre los coches aparcados y empezó a maullarme. Me incliné hacia él temiendo que se asustara y saliera corriendo pero, para mi sorpresa, se acercó y se dejó tocar. Me dirigí a una calle peatonal que había muy cerca a esa calle y se vino detrás. Quería sentarme en un banco e intimar algo más con el atípico gato super sociable que me acababa de encontrar. Pensé que debía ser un gato abandonado y por eso estaba tan  acostumbrado al contacto humano. Entonces me di cuenta de que era una gata. Después de acariciarla, vi que tenía las manos negras y lo primero que le dije fue:

–Estás muy susia.

Me salió con ‘s’ porque quizá así me parecía menos ofensivo, pues un gato para mí es la aristocracia animal, el ser vivo más fascinante y maravilloso del universo. No quería que se molestara. También observé, al palparle el lomo, que la pobre estaba en los huesos, pues se le marcaba toda la columna vertebral. Pensé entonces en ir a mi casa y traerle agua y pienso. Me levanté y Susia (creo que se quedó con ese  nombre en ese preciso momento) me siguió un buen trecho pese a que le prometía una y otra vez que volvería enseguida. Cuando volví con el agua y el pienso estaba en el mismo lugar esperándome, en la calle peatonal.

Tenía muchísima hambre. No paraba de comer. Cuando terminó y se lamió bien las patas para limpiarse la cara, la acaricié un rato, escondí los cuencos entre unos arbustos en uno de los canteros de la calle y me fui. Tuve que correr un poco para que desistiera de seguirme porque ya estábamos llegando al portal de mi casa y mi corazoncito tiene un límite. No podía quedármela porque ya tengo dos gatos, y si me quedo con ella, no pararía, estoy convencido: estaría todos los días recogiendo gatos callejeros.

Los que sois humanólicos y tenéis hijos, sufrís la hambruna de seres similares cuando veis el telediario o algún documental chungo, pero como es por televisión, lo sentís como algo tan lejano como irreal, rayano con la ficción, y no termináis de asimilar que esos estertores agonizantes de esqueletos rodeados de moscas son exactamente iguales al pequeño homo sapiens que tenéis ahí al lado jugando con la tablet. Los gatólicos, en cambio, tenemos que sufrir la hambruna, enfermedad y mal trato de los gatos en vivo y en directo cuando salimos a darnos un puto paseo por cualquier lugar. ¿Os imagináis las calles llenas de niños llorando, famélicos, desnutridos, sedientos y ciegos debido a los ojos infectados llenos de legañas?

Al día siguiente volví a salir a andar y para mi sorpresa me la volví a encontrar. Se le había acabado el pienso, así que fui a mi casa a reponer. Cada vez que iba a dejarle el pienso, le hacía un sonido especial chasqueando la lengua, para que lo asociara a mí y a la comida. A partir de ese momento siempre salía de donde estuviera escondida cuando yo aparecía y le hacía el chchchchchchchch. Así estuvimos varios meses y fue ganando peso muy rápido. Me jodía bastante que los cuencos no me duraban nada. A veces dos días y otras veces al día siguiente habían desaparecido. Tenía que estar cortando botellas de plástico y guardando absolutamente todos los recipientes de plástico que me podían servir. ¿Me los tiraba algún barrendero? Un día me dio por mirar en una papelera pegada a una farola cercana y vi mis cuencos ahí tirados. No era el barrendero. Empecé a cambiarlos de sitio y aunque cada vez los ponía en lugares más escondidos, fuera quien fuera, los encontraba. Un día opté por dejarle el pienso en montoncitos sobre la superficie del cantero y pensé que había dado con la tecla para evitar a la hija de puta que me los estuviera tirando. Sin embargo, un día le dejé un montoncito bastante grande en el cantero y me senté en un banco cercano de espaldas. Una mujer solitaria con su perro deambulaba por la calle sin rumbo. Cuando me levanté para irme, vi que el montoncito no estaba. Era imposible que un gato se hubiera comido tanto pienso en tan poco tiempo, y me fui con la mosca detrás de la oreja.

En los días y semanas siguientes vi que a veces el pienso estaba dentro del cantero mezclado de la tierra. La hija de puta (porque mi intuición me decía que esa mezquindad tan retorcida y escurridiza era propia de una mujer), me había declarado la guerra. Un día bajé sobre las ocho a dar mi paseo vespertino y, tras darle el pienso a Susia y esperar a que se lo comiera para que la puta bruja no me lo tirara, me senté en un banco. La misma mujer solitaria con perro de aquel día estaba merodeando alrededor mío. ‘Joder, no hay calle, tiene que estar aquí al lado tocándome los huevos’ pensé, porque me gusta estar solo y sin gente alrededor. Yo estaba escuchando mi música en mi mp3, como siempre que salgo a la calle para evitar los ruidos, aislarme de la gentuza y también para alimentar mi melomanía. Oí una voz y me tuve que quitar los auriculares, porque parecía que se dirigía a mí. Era la misma mujer del perro: tendría unos 55 años, pelo cortado en plan abertzale, cara de mala hostia y amargada.

– ¿Por qué no te vas a otra calle a dejarle comida al gato?

No daba crédito, no sólo era una puta bruja sino que además tenía la caradura de descubrirse a sí misma y de hablarle a un desconocido con el que no había tenido el más mínimo contacto ocular. Fue tal la mala hostia que me entró que me quedé bloqueado.

–Vivo en un bajo y a veces se me cuelan los gatos.

–¿Entonces eres tú la que me quita los cuencos y me tira la comida?

–No, no soy yo.

‘Que no eres tú, hija de puta, bruja, me cago en dios’ pensé.

–La calle no es tuya. No quiero oír ni una palabra más – le dije antes de ponerme de nuevo los auriculares, a punto de explotar de ira.

‘Como te pille quitando la comida de mi Susia te vas a enterar, bruja’ me repetía de camino a mi casa una y otra vez. En lo sucesivo, me di cuenta de que siempre salía con el perro a la misma hora, alrededor de las 20h. Sólo tenía que estar alerta de 19:45 a las 20:15h. Si la pillaba se iba armar la de Dios.

A la semana siguiente bajé y le dejé un montoncito de pienso a Susia y vi que le habían quitado el cuenco del agua, como siempre. Volví a mi casa para cortar la enésima botella de plástico y coger una botella con agua. Cuando me acercaba vi a la bruja con el perro que se metía hacia el parque hacia la zona donde le dejaba comida a Susia. Empecé a correr sin hacer mucho ruido y me coloqué detrás de ella. Entonces la mujer se paró en mi montoncito de pienso y su perro empezó a comérselo, sin que ella le dijera nada. No quería ver más.

–Qué cruel, ¿cómo puedes ser tan cruel? – le dije. Se volvió y su cara era todo un poema. Esta bruja necesitaba un escarmiento porque estas personas solo funcionan así. No recuerdo si me respondió o me dijo algo. Yo ya estaba en modo automático, en modo misil termonuclear y además llevaba mis auriculares puestos. Por otro lado, me la sudaba lo que tuviera que decir.

 –¡Si te vuelvo a pillar tirándome la comida o los cuencos te reviento la cabeza, puta bruja! – le grité a dos centímetros de su cara todo lo fuerte y violento que pude, con ganas de empujarla y tirarla dentro del cantero y patearle todos los huesos. Se me debió oír en toda la calle y alrededores. La bruja reculó unos metros y se paró.

–Cuidadito – me dijo con más miedo que seriedad. Volví a gritarle.

–¡Recuérdalo bien: la cabeza te la reviento!

Volvió a recular, esta vez más metros y se quedó unos 30 segundos parada mirándome, en plan desafiante pero lejos, cagada de miedo pero sin renunciar a su orgullo brujesco, por supuesto.

A partir de ese momento, empecé a dejarle la comida en la calle peatonal de enfrente, separada de aquélla por la carretera, porque soy un 45% de sabio; estoy a medio camino entre el Dalai Lama y Charles Bronson. Si era tan mezquina o estaba tan loca como para ir tirando cuencos con agua y comida para gatos, era capaz de envenenarlos o de matarlos a cuchillazos para vengarse. Además, ¿y si volvía a verla haciendo lo mismo? Le pegaba de hostias, estaba seguro, así que mejor cambiar de lugar. ‘Me iré a otra calle como me sugeriste, puta perra, pero el susto te lo has llevado’. Desde entonces, cuando me cruzo con la bruja en mis paseos, no me mira ni una milésima de segundo. Parece que pilló el mensaje.

A partir de ese momento, en la otra calle, nadie me quitaba los cuencos y me duraban semanas. Sin embargo, Susia cada vez me hacía menos caso. Otras personas también les dejaban comida, había siempre cuencos en diferentes lugares y siempre que llegaba yo con mi pienso estaba saciada. Además, Susia se había puesto muy gordita y ya no estaba tan susia, porque ya no se escondía debajo de los coches aparcados en el asfalto, sino que estaba dentro del cantero con arbustos o dentro del recinto de algunos de los edificios que flanqueaban la calle peatonal que da al pequeño parque. Dejé de bajarle pienso y cada vez que pasaba por la zona, Susia ya no aparecía. Después de estar un mes viviendo en otra ciudad, cuando volví, tampoco la vi por la calle.

Pasaron los meses y pensé que quizá alguien la había adoptado. Quizá alguna de las personas que le dejaban comida y agua se había encariñado, porque era una gata muy sociable, tranquila y agradable.

Hasta que hace dos semanas, en uno de mis paseos habituales, andaba por esa calle peatonal y vi a un grupo de adultos con niños y Susia, que estaba con ellos, salió disparada hacia mí maullándome como una loca. No daba crédito. ¿Cómo se acordaba de mí con tanta claridad? Estaba de nuevo en los huesos y me preguntaba qué podía haberle pasado. La acaricié un rato y fui a mi casa a por una lata con trozos de carne de la máxima calidad, pienso, dos cuencos y una botella de agua. Cuando llegué con la comida se puso super excitada e impaciente, restregándose por mi mano y mi brazo y apenas dejándome realizar la operación. Se comió la lata entera y me sentí culpable por no haberla controlado más y haberme confiado en los demás proveedores. Entonces Susia vino hacia mí a pedir caricias y me hizo tres croquetas seguidas para que le acariciara el abdomen, una de las muestras de confianza más grandes que puede tener un gato hacia un humano. Tal vez quería que no tuviera remordimientos.

Desde aquel día, llevo dos semanas dándole de comer de nuevo. Siempre bajo a la misma hora y ella está esperándome en el mismo sitio acostada, en el banco de cemento del cantero, al lado de los cuencos. Cuando le dejo el pienso y se pone a comer, me pongo a andar en círculos concéntricos como si ella fuera el mismo sol. Cada 10 minutos más o menos dejo mi órbita, vuelvo a acercarme a la zona de Susia, le acaricio un rato y sigo andando. Cuando al día siguiente me ve aparecer a lo lejos, a veces al escuchar su sonido especial o a veces solo con verme, da un respingo y corre hacia su salvador emitiendo maullidos rebosantes de alegría.

Hace unos días, mientras Susia comía, me senté en un banco junto al cantero y un ecuatoriano se me acercó y se puso a hablarme.

–¿Le das de comer a la gata?

–Si.

Fui cortante porque pensé: ¿de nuevo alguien me va a tocar los huevos con el gran problemón de dejarle comida y agua a un gato en la calle?

Entonces me contó que conocía a la gata, que había estado viviendo en el recinto de su edificio, porque una mujer del tercero le daba siempre de comer.

–Pero está super delgada. Antes estaba más gorda – le dije.

Entonces me contó la historia. La mujer que le dio de comer durante meses se mudó de piso, aunque conservó la llave de la puerta del recinto y venía a darle de comer a menudo. Sin embargo, a una vecina no le parecía nada bien que alguien que no vivía en el edificio tuviera una lleva del recinto, y empezó a tirar los cuencos con comida nada más verlos, hasta que la mujer dejó de venir. De nuevo el Maligno era una mujer. ¿Por qué ese tipo de mezquindad en la sombra es siempre de mujeres?

Hay dos brujas por calle y una en cada edificio. Voy a intentar no enfrentarme y no partirle la cara a ninguna de ellas, pero no os prometo nada. Puede que salga en el telediario próximamente por darle de comer a un gato. Lo llamarán  ‘violencia machista’ pero sabed que se trata de ‘violencia gatólica’: la más inmisericorde y peligrosa de todas.

Por Enrique Rubio

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