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Me arrepiento del mañana

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Cuando estoy viendo una película y aparece un gato, aunque sea de fondo, o por la calle, ya no puedo seguir la historia. Mientras está el gato en pantalla, todas mis neuronas apuntan a él y sólo veo y oigo al gato. Si desaparece del plano empiezo a mirar por los alrededores de la pantalla y por detrás, y si no aparece más en toda la película, no paro de preguntarme qué habrá sido del gato.

Me da igual si el protagonista vive, muere, se termina follando a éste o aquél, quién es el asesino…etc… Yo sólo quiero saber dónde está el gatico, si le cuidan, si le dan de comer, si le dan su pasta de malta, si juegan con él con una cuerda y si le dan caricias. Y cuando están saliendo los créditos sigo pensando en el gatuso y me pregunto por qué no sale en ningún apartado. Qué hijos de puta. Sin embargo, el caso más indignante se da en ‘Alien, el octavo pasajero’. ¿Cómo que ocho? ¡¿Y el gatico qué?! ¡¿Vamos a considerar a una mierda de alien el octavo pasajero antes que a un gatuso amoroso oyoyoyoyyo miau miau?! Tenemos que linchar a Riddley Scott (director) y a Dan O'Bannon (guionista) por vía digital y analógica, hasta que escupan todos los dientes, por no haber titulado la película ‘Alien, el noveno pasajero’. ¡Un #miautoo que se recorra la red de redes de punta a punta¡ ¡#MIAUTOO! Sí, soy un gatólico ofendidito, ¿pasa algo?

Por Enrique Rubio

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