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Me arrepiento del mañana

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El sábado fui al festival punk-rock Marea Rock. Cartel: Anne Bonne, Arpaviejas, 2 Minutos, Gatillazo, Ilegales, Sociedad Alkohólika, Narco, Kaos Urbano, Skalari. Sin embargo, yo me sentí en un festival como el Low Cost, FIB, Rock in Rio, o cualquier concierto de Amaral, Operación Triunfo, Pablo Alborán, Spice Girls o New Kids On The Block. A continuación os explico por qué:

En el concierto de Sociedad Alkohólika (SA a partir de ahora), las mujeres que podían permitírselo, enseñaban carne: escotes, glúteos, mallas más ajustadas que la propia piel, tangas, largas piernas, labios pintados de rojo, maquillaje, como en un concierto de Izal, Gemeliers o Justin Bieber. En el concierto de Kaos Urbano, los tíos babeaban con las guapas, por muchos piercings, tatuajes, dilataciones, imperdibles y logos de mercedes que lleven colgando, pero ninguna guapa se les acercaba ni les decía nada, por lo que tenían que acecharlas alrededor como espermatozoides asediando al óvulo, y éstas los rechazaban con cara de asco por machistas, como en un concierto de Bisbal o Alejandro Sanz. Por cierto, yo no sentí ningún ‘kaos urbano’ en todo lo que duró el festival. Me sentí más seguro que dentro del parlamento europeo, el congreso de los diputados o el edificio de la ONU en Manhattan. Nos cacheaban al entrar aunque saliéramos y entráramos veinte veces. Había una cola para el cacheo de mujeres y otra para hombres, nada de igualdad en pos de la seguridad máxima y para evitar que algún vigilante empezara cacheando y terminara violando a la mujer con un círculo de hombres jaleando alrededor. Para mear la gente respetaba su turno religiosamente en las letrinas de campo de concentración y para comprar comida o bebida había un sistema económico con una moneda llamada tokens (que no las regalaban, ni aunque enseñaras el carné del paro), más estructurado y reglado que la Bolsa. Y no he visto más puntualidad en un festival en mi vida por parte de organizadores y grupos. Ni en un desfile en Corea del Norte.

La gente llevaba camisetas de algunos de los grupos del festival u otros similares, por muy ‘antisistema’ que sean. Se llama merchandising y no lo regalan, aunque esté fabricado en China por esclavos. Para luchar contra el imperio yankee, en el festival puedes comer en La Higuera FoodTruck con hamburguesas, perritos y fajitas. Y en el concierto de Ilegales o Narco, ves zapas de 60 euros hacia arriba marca Vans, Adidas, Converse, Etnies, Quicksilver, Supra, como en un concierto de Melendi o Tokio Hotel (que en paz descansen). Sí, había gente con crestas, ropa rota y diversos abalorios metálicos que llevaban Vans, y no solo zapatillas Vans, sino también camisetas con VANS gigante para que no hubiera ninguna duda. Vans, la gran esvástica del siglo 21, como la ropa y zapatillas de Andrea Levy, la infanta Leonor o las hijas de Pedro Sánchez. También el 80% de los asistentes iban borrachos (y el 20% sólo bebido, aunque consciente, o tal vez solo emporrado y/o encocado), como en cualquier concierto de Andy y Lucas, Estopa o Pitbull. No había ni un solo asistente que se rebelara contra la dictadura del alcohol y las drogas. Y todos llevaban smartphone de última generación fabricados con minerales extraídos en el Congo por niños que se arrastran por los túneles dejándose la piel (algunos ya no se arrastran porque han muerto) y no pocas personas en vez de disfrutar de la música, del espectáculo, del ambiente carnavalesco, grababan a sus grupos favoritos con los móviles para retener el momento en vez de vivirlo, como los feligreses en cualquier homilía ofrecida por el Papa de Roma en la Plaza de San Pedro en el Vaticano o los militantes y simpatizantes en un mitin de Pablo Casado.

La sensación que tuve 20 años después fue la de entrar en un fósil, o tal vez en una marea, como el nombre del festival indica, pero en una marea dentro de una pecera hecha del material de las cajas fuertes. Todo exactamente igual. Las letras de las canciones, la gente, la manera de moverse, las formas de ‘rebelarse’, el tipo de bebidas. ¿Con cincuenta años se puede seguir anclado en el pensamiento de los veinte? Incluso Sociedad Alkohólika (SA a partir de ahora) tocaron una canción de su último disco titulada ‘Sistema antisocial’, todo un ‘soplo de aire fresco’, un dechado de creatividad y originalidad. Entiendo que esto pueda sostenerse gracias a las nuevas generaciones de adolescentes, para ellos es algo nuevo, pero, ¿y para los músicos cincuentones y sesentones o sus fans de cuarenta tacos para arriba que siguen comprando y escuchando sus discos? ¿No se parten de risa al escucharlos y escucharse? Supongo que les hará gracia, como si estuvieran escuchando a Mamá Ladilla o cualquier otro grupo humorístico. Pero si músicos y fans siguen tomándose en serio letras como ‘vomito en tu puta cara’ y ‘explota cerdo, sucia rata morirás’, tenemos un problema de atrofia cerebral o retraso evolutivo severo.

La única evolución mental de los SA en sus 30 años de trayectoria ha sido agachar la cabeza frente a la corrección política progreligiosa y regrabar la canción más memorable de su repertorio para quitar la palabra ‘judío’, y en los conciertos, tampoco la dicen, dejan que sea el público el que la grite. Es decir, en realidad son unas monjitas disfrazadas de punkis, por muchos ‘hostias’ y ‘me cago en dios’ que esputen. ¿A este grupo lo censuraron todos los ayuntamientos del PP para que no tocaran en su ciudad o pueblo? Es como censurar a los Teletubbies.

A mí, desde que empecé a escuchar a los SA hace más de 20 años, siempre me han gustado porque musicalmente son brutales. Hablo también de talento, no sólo de su sonido super bruto, su primer disco es una obra maestra total de aquello que llamaron rock radikal vasco y del rock en general. Puede no gustarte el trash metal o el punk y que te encanten SA. Pasa algo parecido con System of a Down, que son tan buenos, originales y creativos que trascienden cualquier etiqueta y pasan a ser solo música extraordinaria. Pero también me gustaban y me siguen gustando porque me los tomaba y me los tomo con humor y siempre me han hecho bastante gracia. Es imposible escuchar la voz y la forma de cantar de aquel primer disco de SA y no partirse el puto ojete.

El cantante de SA llevaba una camiseta con la palabra ‘Antifascista’ y tocaron una canción antigua buenísima contra la censura llamada ‘Piedra Contra Tijera’. ¿Se estaba refiriendo con la camiseta y la canción al FemiDismo del Séptimo día? Yo así lo entendí y me metí en medio de un pogo a dar patadas y puñetazos e ir de allá para acá como la bola de un pinball. Entonces se me ocurrió que molaría que surgiera un verdadero grupo punk cuyas letras fueran críticas feroces al fascismo femiDista. Eso sí sería ir contra corriente y ser un poquito antisistema.

También me sorprendió que el cantante de SA fuera de un lado para otro del escenario diciendo ‘hostia’ y ‘me cago en dios’ de forma gratuita para hacerse el malote y el super vasco filoetarra en plan Karra Elejalde en ‘Ocho apellidos vascos’. Lo tomaría un poco más en serio si tuviera 15 años, pero con cincuenta tacos resulta bastante gracioso que tenga que echar mano de dichos exabruptos para conformar su pose de rebelde, hosco y ‘antisistema’. Ojo, no tengo ningún problema con los tacos o las blasfemias, yo no paro de usarlas cuando me pasa algo malo, cuando me cortan la ciudad en dos por una procesión en semana santa y tengo que ir hacia el único puto lugar donde se permite cruzar y esperar 15 minutos. Allí me cago en los putos muertos de san Dios y en la re putísima Virgen bendita, y bien alto, para que lo oigan las viejas, los paletos y los polis, porque la situación religiosa del momento lo justifica, y hasta el papa Francisco se caga en Dios y en putísima Virgen media docena de veces al día cada vez que sale un nuevo caso de pederastia y abuso sexual de menores en su santa Iglesia. Pero para ir de duro y rebelde, como la pija que lleva sus complementos para afianzar su condición de pija, resulta un poco patético.

Pensaréis que no me lo pasé bien. Nada más lejos de la realidad. Me encantó escuchar a SA veinte tantos años después y en dos ocasiones me metí en sendos pogos a pagar hostias y desahogar tensiones en plan El Club de la Lucha, sin mirar si quien recibía la hostia era hombre o mujer (una ocasión ideal para que los machirulos peguemos hostias a las mujeres con total impunidad). Y me volví absolutamente loco con la última canción, ‘Nos vimos en Berlín’, una de las joyazas mas legendarias del rock duro patrio. No se me rompió algún hueso de puro milagro.

Pero aunque hace mucho que ya sé todo esto, aunque escribí una novela de más de 400 páginas al respecto, nunca termino de acostumbrarme, y lo que vi en el festival Marea Rock me chirrió como si fuera el primer día y acabara de nacer. Lo antisistema no solamente es inane o complementario al sistema, es el sistema, es uno de sus motores principales. Ofrece la ilusión de estar en contra o al margen del sistema, y esta ilusión es la clave de que el sistema siga intacto año tras año, década tras década y siglo tras siglo. Además, el mundo de la moda siempre se ha nutrido de lo ‘antisistema’, pues estos deben exprimirse los sesos para intentar ser diferentes y acaban teniendo ideas más que aprovechables por Inditex para crear nuevas tendencias.

Por Enrique Rubio

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