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Me arrepiento del mañana

Interdream Norilsk

Voy andando por una transitada avenida peatonal y, a lo lejos, entre la riada incolora de personas, diviso a una chica muy blanca, de pelo corto y rojo, andrógina, que se ha detenido y me mira fijamente, con un gesto de absoluta serenidad y decisión. Contrasta con su pálido resplandor, un gran lunar negro en uno de sus pómulos. Está justo en mi camino; nos une una línea recta que es imposible esquivar. Si ladeo unos grados mi rumbo, ella corrige la desviación, sin moverse aparentemente. Cuando estamos más cerca, comienza a andar suave y pausadamente, mirándome a los ojos, con sus pupilas negras y brillantes.

Me ha cogido de los antebrazos para amortiguar el choque y, sin dejar de mirarme, como si estuviera viviendo en una realidad paralela a todos los demás transeúntes borrosos, ha empezado a abrazarme como nunca antes lo habían hecho, con sus brazos y sus labios. Así estamos eternamente, en medio de ninguna parte, con un remolino de seres difuminados a nuestro alrededor, indiferentes y ajenos a nuestro misterioso encuentro. Es un abrazo que abre de par en par los escondrijos más recónditos, que excita regiones cerebrales inexploradas, que apretuja las oquedades y recovecos para conformar un cuerpo sin fisuras, sin resquicios ni cavidades. Tengo la sensación de entrar en ella, o ella en mí, en una fusión en donde no hubiera sabido decir con certeza quién de los dos era yo. Desgastados los labios y succionado todo el aliento, cada uno sigue su camino, sin despedidas, sin palabras. Cuando me alejo, he girado en redondo para verla por última vez: me veo a mí mismo alejarme a lo lejos, y caigo en la cuenta, no sin cierto embeleso, que me he convertido en ella, con sus manos blancas y finas, sus pechos pequeños pero turgentes, y su cara nívea de niña con lunar negro. Nos hemos transferido hasta el más vergonzoso secreto, en código labial y táctil, y sobraba el limitado y restrictivo lenguaje. No importaba quiénes fuéramos.

El fragmento, microrrelato, escena suelta (o como queráis llamarlo) anterior lo escribí hace un tiempo. Ni entonces ni después supe quiénes eran esas dos personas, por qué les sucedía eso, cuál era la causa de ese misterioso encuentro, dónde se encontraban, en qué época estaban viviendo. Ni tampoco sabía a ciencia cierta por qué escribí ese texto de un tirón y con la determinación y clarividencia de quien lo tiene tatuado en la cabeza y solo tiene que escupirlo. Todas mis novelas, publicadas e inéditas, tratan sobre el aislamiento y surgen del aislamiento. Pero gracias a la pandemia mundial (no al confinamiento, pues yo ya vivo en cuarentena desde hace un par de décadas) ahora por fin tengo las respuestas a todas esas preguntas. Sé perfectamente quiénes son, qué les pasa y dónde están, en qué momento histórico están viviendo, cuál es el título de la historia y el corazón que mueve toda la novela: Interdream. La trama no tiene una relación directa con la situación presente, aunque no se me habría ocurrido de no haber surgido este episodio piloto del apocalipsis que nos espera a la humanidad en unos pocas décadas. Llevo ya 100 páginas en dos semanas y este proyecto ya no tiene freno. Nunca había escrito tanto en tan poco tiempo. “No hay mal que por bien no venga”, “hay que sacarle el lado positivo a las cosas”, o si lo preferís: “todo escritor lleva un buitre dentro ansioso de carroña para inspirarse”.

Por Enrique Rubio

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