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Me arrepiento del mañana

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Miedo, sexo, sabor dulce y escasez de óvulos. ¿Hay algo más poderoso psicológicamente hablando que esos cuatro elementos? ¿Cuántas industrias, sistemas políticos, religiones...dependen casi exclusivamente de su poder? Esos cuatro ingredientes mueven el mundo contra viento y marea.

 Facebook se creó por causas meramente sexuales. Internet y la informática tuvieron un desarrollo vertiginoso gracias en gran parte al porno. La industria alimentaria lleva siglos girando en torno al azúcar1 y ahora también en torno al sabor dulce artificial. El miedo mueve la economía y es un rodillo sobre cualquier teoría racional, predicción algorítmica, estimación bursátil y contra el erudito económico más sesudo y superdotado. El miedo es la base de cualquier gobierno y cualquier estado, se trate del régimen que se trate. Y todo el orden social que somos capaces de crear a nuestro alrededor necesita del miedo en cantidades industriales. Los individuos, ya vivan en ciudades o pueblos, no se lían a tiros o navajazos por la primera desavenencia vecinal principalmente por el miedo a ser castigados, ya sea social o legalmente. ¿Y qué decir del instinto de la violencia, aunque sea menos poderoso y esté supeditado al miedo? Las guerras (violencia+instinto tribal) han sido el motor de la innovación tecnológica, y lo siguen siendo. Muchos de los descubrimientos y creaciones tecnológicas que disfrutamos hoy en día son fruto de las dos guerras mundiales y gran parte de la ciencia avanza por motivos militares.

Las mujeres, aun siendo ultrafeministas, en promedio prefieren machitos fuertes, seguros de sí mismos (con un estatus social y/o profesional mayor que el de ellas) y hasta violentos antes que apocados, blandos y sin objetivos claros, por muy empáticos, agradables y deconstruidos (demolidos, destrozados, depresivos) que sean. Y aun siendo ultrafeministas, tienden a exhibir carne en las redes o cuando salen de fiesta para provocar reacciones sexuales y atraer a los machos, como en cualquier ritual de apareamiento en cualquier otra especie, aunque se autoengañen y racionalicen el impulso en favor de su ‘autoestima’, ‘empoderamiento’, ‘sentirse bien consigo mismas’...etc... (claro, lo que no dicen es que esa autoestima, ese bienestar psicológico fugaz, ese empoderamiento y ese sentirse guay es debido a lo anterior, debido a que generan mucha atención y deseo en los hombres). El ser humano obedece ciegamente a los imperativos de la biología pero lo viste con argumentos plenamente humanos y biensonantes (como si lo humano excluyera cualquier atisbo de animalidad).

El feminismo se sustenta en el instinto de sobreprotección o sobreestimación de las mujeres, aunque solo sea aparentemente mediante sus eslóganes propagandísticos y aunque consiga justo lo contrario. El feminismo es similar al impulso de salir corriendo como si estuviéramos en campo abierto y hubiéramos visto a un tigre, cuando en realidad estamos en una discoteca en llamas; la muerte de todos los asistentes está asegurada, cuando hubieran sobrevivido todos si hubieran desactivado el instinto por unos segundos y hubieran salido de uno en uno y sin prisa pero sin pausa. El feminismo es también parecido a lo que sucede con el pánico a volar (cuando es, con muchísima diferencia, el transporte más seguro) o con la fobia a los ascensores (cuando muere muchísima mas gente al usar las escaleras).

 Por ello el feminismo tendrá siempre las de ganar en cuanto a número de adeptos y éxito de convocatoria, SIEMPRE, ETERNAMENTE, al conectar con ese instinto biológico de la protección del óvulo escaso por encima del espermatozoide desechable. Al igual que siempre habrá gente con pánico a volar aunque se alcance una seguridad del 100% y gente que saldrá disparada en cualquier dirección en un incendio consiguiendo que, en vez de salvarse todos, mueran todos, por muchos cursos y simulacros previos que se hagan para dichas situaciones. Y ojalá todo el problema fuera sufrir una religión más con sus pros y sus contras, pues la verdadera catástrofe es que una religión puede nutrirse y basar su existencia en un poderoso instinto genético y al mismo tiempo ir totalmente en contra de la función positiva que cumplía ese instinto en su momento, pues actualmente no hay nada mas dañino para las mujeres que el feminismo (e igualmente dañino para los hombres, por supuesto, pues es imposible que lo que sufra un sexo no tenga consecuencias igual de dañinas en el otro sexo y que ambos se retroalimenten en un círculo vicioso sinérgico). Un instinto biológico no es saludable per sé ni cualquier religión que se apoye en un instinto tiene que ser buena por el hecho de estar basada o propulsada por un instinto cuando éste es totalmente anacrónico y obsoleto y además en realidad va en contra de dicho instinto.

Es como si surgiera una religión que vanagloriara el azúcar y en las misas en vez de hostias se repartieran emanems o chorros de leche condesada y las cruces estuvieran formadas por dos Palotes de fresa. Su éxito estaría más que asegurado, aunque lo que en principio era bueno (glucosa, energía rápida para sobrevivir) se convertiría en algo malísimo (obesidad mórbida, diabetes, muerte). Lo natural, los instintos... no son algo bueno o malo en sí mismos, pues dependen del contexto evolutivo donde se expresen. Lo que en principio era muy útil y apropiado para la supervivencia (por eso mismo fueron seleccionados), a saber: miedo, ansiedad, conducta de huida, alimentos dulces, protección y discriminación positiva hacia la mujer... con la llegada de la agricultura, la civilización, las ciudades, la medicina avanzada, se convirtieron en un lastre muy perjudicial, pues ahora ni las mujeres necesitan ser sobreprotegidas, ni los machos tienen que ser un Rambo sobreprotector y proveedor, debido a la cultura, la industrialización, la robótica, las normas sociales no escritas, las leyes y el estado de derecho. Como tampoco necesitamos consumir tanto azúcar debido a la abundancia de alimentos y nuestro estilo de vida mucho más sedentario, ni debemos tenerle miedo al avión o al ascensor, pues nos matamos infinitamente más por las escaleras y en los coches y curiosamente no nos dan apenas miedo. Todos esos instintos no solo resultan hoy inútiles sino que causan serios problemas tanto físicos como psicológicos, pues están totalmente obsoletos, aunque dichos instintos siguen actuando a pleno rendimiento y así será por los siglos de los siglos.

El Feminismo y el Islam son dos caras de una misma moneda totalmente estática; se sustentan en el mismo impulso biológico de la protección femenina. No debería sorprendernos, por tanto, pese a la aparente paradoja, la benevolencia del feminismo y el izquierdismo (la religión mayor que lo engloba, como el cristianismo respecto al catolicismo) con el maltrato hacia las mujeres en el mundo islámico, con el burka, con la segregación por sexos en todos los espacios (desde hace tiempo ya se promueve y se impone la segregación sexual desde el feminismo, con los llamados espacios seguros, con ciclos y festivales culturares por y para mujeres, con debates solo de mujeres, propuestas de vagones para hombres y para mujeres en el metro...). Ambas religiones (Islam y Feminismo) destrozan a la mujer como consecuencia de su obsesión por sobreprotegerla y sobrevalorarla. (Musulmanes y feministas, sabemos que dos tetas tiran mas que dos carretas, pero habría que recordaos, con alguna terapia de electrochoques que mermara un poco el software genético, que son de la misma especie mediocre que los machos. No, no son para tanto, aunque los genes os digan lo contrario).

El Islam y el feminismo son dos religiones de la misma moneda y además con numerosos vasos comunicantes, insisto. “Las mujeres y los niños primero”, pero las mujeres en primer lugar, por delante de los niños, como bien se aprecia en la religión feminista, donde el sufrimiento de los niños está en un segundo plano a varios kilómetros de distancia, eclipsado por el endiosado y exclusivo sufrimiento femenino (las mujeres son el único animal en la faz de la tierra que sufre).

Parece como si el lenguaje, la cultura y la tecnología, en vez de alejarnos del reino animal, elevara a la enésima potencia nuestros instintos más primarios y antiguos, nuestra animalidad más primigenia, por mucha habilidad que tengamos para aparentar ser seres civilizados con corbata y modales de cortesía.

“Los genes son como hilos de tranvía de los que colgamos. Pese a que intentemos zarandearnos unos centímetros, pendemos de ellos irremediablemente. La conciencia es sólo un zarandeo pendular que no evita que volvamos al punto inicial genético. Sólo un leve margen de movimiento; unos centímetros a la derecha, unos centímetros a la izquierda, pero colgamos inexorablemente por la cabeza de los cables genéticos aunque intentemos sacudirnos” (‘Tengo una pistola’, Enrique Rubio). Es una metáfora algo exagerada, aunque no mucho, y la siento cada vez más contrastada. La genética es como la respiración. Podemos controlarla e incluso dejar de respirar, pero antes o después estamos obligados a hacerlo.

En consecuencia, deberíamos surfear sobre la genética, siempre que vayamos en el sentido de las olas, si lo que queremos es aspirar a una sana adaptación y a lo que llaman felicidad (palabra demasiado manoseada y en demasiadas bocas) pero no ir en sentido contrario a pecho descubierto. Por ejemplo: empleando anticonceptivos pero no renunciando al instinto sexual; sustituyendo el azúcar por edulcorantes o compaginando un trabajo de 4 horas con tu dedicación a los hijos y tu instinto maternal. O poniendo límites a la desigualdad económica con un salario mínimo y un salario máximo, con ciertas ayudas por parte del Estado para paliar desequilibrios muy acentuados, aunque teniendo en cuenta la tendencia natural a la jerarquía y la disparidad de resultados así como la diversidad individual respecto a las aspiraciones de cualquier tipo. Todo ello sin imponer una igualdad estricta por decreto caiga quien caiga, algo abocado al desastre. No deberíamos, pues, empecinarnos en ir a contracorriente y acabar ahogándonos, como la directora ejecutiva de una gran empresa, plenamente feminista, que trabaja 12 horas al día y también tiene una familia y unos hijos y acaba sepultada por el estrés de no poder atenderlo todo; por el estrés genético añadido de no satisfacer el instinto de atender a sus hijos. Y para colmo de males, sus hijos, al sufrir desatención, desorientación o fácil sobreprotección, se transformarán en monstruos por la televisión, internet y sobredosis de videojuegos, y pueden acabar siendo atendidos, guiados y queridos en pandillas violentas seudocriminales, lo que añadirá mas estrés a las a la labor profesional y a las relaciones familiares, en un círculo vicioso infinito (es un ejemplo extremo para que se me entienda, aunque muchas situaciones familiares actuales no distan mucho).

Debemos tener en cuenta que el instinto suele mandar, sobre todo en asuntos tan primordiales como el sexo y la reproducción, y no por ello debe ser algo perjudicial que nos haga sufrir. Por regla general, un instinto no es ni malo ni bueno en sí mismo, simplemente está ahí, aunque nos disguste o lo veamos injusto desde nuestras creencias religiosas laicas, y según cómo lo encaucemos podrá ser algo inane, algo beneficioso o algo mucho peor que un puñado de chinchetas eternas en el zapato.

Pues... ¿qué problema hay en que los intereses profesionales de hombres y mujeres sean tan diferentes en promedio? ¿Qué problema hay en que las mujeres, en promedio, antepongan la familia y los amigos al trabajo? Sin embargo, los humanos contemporáneos intentamos erradicar instintos que no suponen ningún problema, o que son beneficiosos, y alimentamos hasta el extremo instintos poco adecuados para la fase evolutiva en la que nos encontramos; en ambos casos tenemos un severo conflicto con la naturaleza. Pero la naturaleza no entiende de política ni de moral, ni de religiones; se puede surfear sobre ella, como dije, pero no se puede anular como el que borra un archivo digital en un ordenador. Por tanto, deberíamos andar siempre por la fina línea de no caer en el biologicismo ni tampoco negar la biología y esconderla debajo de la alfombra. Ambos errores pueden ser igualmente catastróficos, como bien demuestran el Islam, la obesidad mórbida, el comunismo o el feminismo.

Sin embargo, he de daros una mala noticia: eso nunca sucederá, nunca nos adaptaremos, debido al autoengaño y al poderoso efecto de la racionalización. Nuestra relación con la genética en numerosos ámbitos psicológicos es más parecida a la relación de un jinete montando un elefante 2 que la de un jinete montando un caballo, y el jinete del elefante, en vez de asumir que no puede apenas controlar al elefante, lo que hace es montarse la película de que está decidiendo sus movimientos y los racionalizara hasta el punto de explicar y justificar por qué decidió guiar al mastodonte hacia el precipicio con él encima. No hay nada que hacer contra el autoengaño y la racionalización.

Conclusión: no hay nada más poderoso que la unión del pensamiento religioso con un instinto elemental. Deberíamos tirar la toalla, dejar de cabrearnos, intentar evitar que el tsunami nazisexual nos arrolle, construirnos una burbuja con personas que no estén en la Gran Secta y dedicarnos a otras cosas.

 

1 La idea del azúcar como metáfora del feminismo es de la youtuber Xeno.

2 Metáfora prestada de Jonathan Haidt, aunque yo la uso para un tema diferente.

 

Por Enrique Rubio

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